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[PRENSA] La llegada a la Luna en la mentalidad humana: ¿Cómo impactó el hito del alunizaje en la forma de pensar?

Publicado en EMOL

«¿Por qué, se preguntarán algunos, elegimos la Luna? ¿Por qué la elegimos como nuestra meta?», planteaba el entonces Presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, en septiembre de 1962, cuando anunciaba su intención de poner un astronauta sobre la Luna antes de que terminara la década del ’60.

«Elegimos ir a la Luna en esta década no porque sea fácil, sino porque es difícil. Porque esta meta servirá para organizar y probar lo mejor de nuestras energías y habilidades. Porque este desafío es uno que estamos dispuestos a tomar, un desafío que no estamos dispuestos a posponer», explicó.

Se preguntó también por qué el ser humano había tenido históricamente la pulsión de lograr metas improbables: escalar la montaña más alta, cruzar el Atlántico en avión. De todas, la de descender de una nave en la superficie lunar era la más audaz. Siete años después, el 20 de julio de 1969, el astronauta Neil Amstrong lo convirtió en una realidad.

De ese día, consagrado como un hito para la humanidad completa, hoy se cumplen exactamente 50 años; cinco décadas desde que todo un planeta se puso frente al televisor al mismo tiempo para ver a un hombre dar pasos lentos sobre un suelo de cráteres, a 384 mil kilómetros de distancia.

«Fue un teólogo, Henri de Lubac, quien dijo que si Dios había descansado en el séptimo día, eso significaba que en adelante alguien tendría que ocuparse del resto, una idea que resulta atractiva incluso para un no creyente», plantea el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, Agustín Squella, al pensar en ese día y en lo que terminó significando para toda una especie a la que el Génesis, asegura, le heredó esa responsabilidad.

«Ocuparse del resto, entre otras cosas, era salir fuera de la Tierra y, al menos por ahora, alcanzar la Luna, la enigmática Luna, cuya masa lo más probable es que haya formado parte de la propia Tierra. Esto quiere decir que cada vez que miramos la Luna, nos miramos a nosotros mismos, y que haber llegado a ella fue como llegar a lo que alguna vez perteneció a nuestra propia casa», dice.

A 50 años del hito, cabe una pregunta: ¿Cuál fue el impacto que tuvo esa llegada a la Luna en cómo la humanidad pensaba, y en cómo se concebía a sí misma?

Toda la Tierra frente al televisor

«No hay que ser alguien especialmente informado para reconocer que hoy los saberes que más nos sorprenden son la astronomía y las neurociencias», plantea Squella. «O sea, arriba y abajo, o, mejor, arriba y adentro: arriba el cosmos, y adentro nuestro cerebro y el muy complejo sistema nervioso que conecta con él».

Alcanzar la Luna, explica, fue acercarse a esa meta. «Descifrar el Universo y desplegar el mapa del cerebro humano —y estamos a las puertas de conseguir ambas cosas— aclarará quiénes somos realmente y posibilitará que la especie humana, hasta ahora el resultado de un proceso de evolución exitoso, se ponga al mando de su evolución futura», opina. Será, asegura, un proceso «tan fascinante como inquietante».

Para la doctora en Ciencias Psicológicas, Dariela Sharim, el hito tuvo implicancias más allá de la ciencia y la tecnología. «Quedó grabado en la memoria por su contenido y lo potente que fue, e incluso 50 años después sigue asociado a muchos misterios y desafíos para lo humano. Que haya la posibilidad de contactarse con el Universo, quizás con otros planetas, marcó algo que estaba fuera de lo imaginable».

A su juicio, tiene una lectura también en el sentido de lo que significó para la humanidad como un colectivo. «En estos 50 años, una de las transformaciones sociales más potentes que hemos experimentado tiene que ver con una sobrecarga de lo individual, con la pérdida de lo colectivo: los seres humanos nos debemos cada vez más a nosotros mismos», explica la investigadora del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES).

Por eso resalta la importancia de la masividad: del hecho de que fuera transmitido en vivo y seguido por ciudadanos de todos los países. «Fue un evento tan convocante que nos marcó a todos y se transformó en una referencia colectiva. Más allá de su contenido, nos alivió: no estábamos solos. Estábamos viviendo las mismas cosas que el otro».

«Si piensas en la experiencia cotidiana de cada persona, eso está bien ausente: uno anda bastante solo por la vida, y el otro implica siempre una amenaza o una competencia», comenta Sharim. «Estos eventos que son transversales son muy potentes por el hecho social e identitario de compartir algo como referencia. Hay cosas —y mira la paradoja de lo que te digo— que fueron de otro planeta».

Un «triunfo de la inteligencia humana»

Durante estos días, el sociólogo Manuel Antonio Garretón ha pensado mucho en esta escena: él mismo, ese 20 de julio de 1969, viendo a un hombre caminar por la Luna desde un bar en un pueblo costero en la entonces Yugoslavia. Estaba ahí de vacaciones, mientras estudiaba un posgrado en París.

«Yugoslavia en ese momento pertenecía -de alguna manera-, aunque era compleja la posición de Tito, al bloque soviético. Es bien interesante, porque aunque era muy difícil ver las cosas por televisión, todo el mundo del pueblo se juntó en el único bar en el cual había una para poder verlo», relata a Emol.

Es un recuerdo sonoro: un aplauso cerrado de todos los presentes cuando el ser humano puso un pie en la Luna. «Todo este pequeño pueblo que estaba ahí, que pertenecía a una visión distinta a la norteamericana, sintieron eso como parte de ellos mismos», menciona. En el fondo, dice el sociólogo, es difícil desprender el hito del contexto en el que se produjo.

«Fue la época de las grandes ilusiones y transformaciones, con los términos de los procesos de descolonialización y los movimientos sociales que plantearon mejorar la civilización poniendo en el centro a las relaciones entre los seres humanos, pero que tuvo también grandes crímenes como el asesinato de Luther King y de Kennedy. Fue una época muy convulsionada, de grandes esperanzas pero marcada también por la Guerra Fría», comenta.

Por eso, asegura, en la llegada a la Luna «se concentraban una serie de múltiples aspiraciones», como la idea de que la humanidad avanzaba y que el conocimiento científico que permitiría el alunizaje «además iba a servir para contestar muchas preguntas que la ciencia y la tecnología se estaban planteando».

En el contexto de la Guerra Fría, EE.UU. marcó un hito en la carrera espacial con la misión exitosa del Apolo 11. Aun así, Garretón asegura que nominar el alunizaje como un triunfo exclusivamente estadounidense es «una visión muy mezquina». «Esto es un triunfo de la inteligencia humana, porque EE.UU. era el viaje a la Luna, pero era también la Guerra de Vietnam», dice.

En el hecho mismo, defiende el sociólogo, reside esa dualidad: un logro humano, dentro de un conflicto político. «Como todas las cosas en la historia de la humanidad, los grandes avances van acompañados también de costos que se pagan enormemente», advierte. «Lo que se logra en un ámbito, si bien puede favorecer a todos, termina siendo apropiado políticamente por uno u otro sector, y no siempre redunda en que los seres humanos pueden ser más felices».

Pequeños y grandes

De todas formas, el también Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales cree que haber salido al espacio y que un ser humano pudiera mirar la Tierra desde la Luna sí cambió la manera en que pensábamos: se conjugó un sentimiento de pequeñez, al constatar que el Universo era infinito, con uno de grandeza por haber logrado dejar el planeta.

«Lo que hace la llegada a la Luna es plantear que, de alguna manera, todo es posible. Si fue posible esto, ¿por qué no se iba a poder seguir avanzando? Y sin embargo, con todo lo que significó en avances para el conocimiento científico y tecnológico, los seres humanos mueren y no son felices», comenta.

Lo que hace Garretón es citar a Albert Camus, en su obra «Calígula». «El personaje, que es un loco, dice: ‘Yo lo que quiero, hoy día, es salir a buscar la Luna’. Cuando vuelve en la tarde, su amante le pregunta si la encontró, y él responde que no, pero que encontró una verdad. ¿Cuál es? ‘Los hombres mueren y no son felices’. En el lenguaje de la época se dice ‘los hombres’, pero hoy diríamos ‘la humanidad'», relata.

«Hubo un sentimiento de que todo era posible, en tanto se había conquistado eso, pero al mismo tiempo estaba la sombra de estos fenómenos, estas pesadumbres de la humanidad —las guerras, las dictaduras, lo que será después el cambio climático—, que muestran la debilidad del ser humano en la capacidad de humanizar la tecnología, la ciencia y hacer que la Tierra se transforme en un hábitat más propicio para la realización de los seres humanos», explica.

«Siempre hay estas dos cosas que están presentes”, cierra. “Por un lado hay una lucha por una cierta meta, la cual muchas veces está cargada de rivalidades u odiosidades, pero por otro lado la misma lucha por esas metas oscurece otros déficits muy importantes que la humanidad tiene en esta carrera, que ya no es espacial, sino que busca hacer de la vida algo cada vez más pleno y humano».

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