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[PRENSA] Redes sociales, crisis climática y el fin del «idilio liberal»: ¿Cómo pasará a la historia la década que termina en 2020?

Publicado en EMOL

Para los analistas, el inicio del ciclo comienza en realidad con la crisis económica de 2008 y una de sus características es la de los movimientos sociales como respuesta de una ciudadanía que percibió un «retroceso del estado de bienestar».

Fue el 15 de septiembre de 2008. Ese día, luego de largos meses de especulación y algunas quiebras, finalmente cayó el banco de inversiones Lehman Brothers y los mercados estadounidenses colapsaron de forma drástica. Así, estalló la crisis de las hipotecas subprime: aquellas que se concedieron a personas de escasa solvencia, con trabajos precarios, malas condiciones sanitarias e incluso carencia de seguros médicos. Chocó el crecimiento del mercado de la vivienda, que parecía un negocio rentable, con la realidad de quienes querían adquirir una y se les ofrecía la posibilidad, pero no podían realmente pagarla.

Hasta ese punto es donde los analistas e historiadores trazan el inicio real de las características que marcaron la década que comenzó en 2011 y que termina el próximo año; una década que estuvo marcada por fuertes crisis económicas y una respuesta ciudadana con matices que no se habían visto hasta entonces.

«El 2008 es cuando hay un cambio», explica a Emol el historiador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), Manuel Gárate. «Es el fin del idilio liberal post caída del Muro de Berlín. Esos casi 20 años de estabilidad hacen crisis a partir de ese momento», añade. Aunque fue la primera y la central, tuvo un efecto posterior que recrudeció la realidad de algunos países mediterráneos como Grecia, pero golpeó también a Latinoamérica e incluso Asia.

Esa crisis económica y las posteriores marcaron el desarrollo de la década y, en la opinión del Premio Nacional de Humanidades, Agustín Squella, son «imputables a la desenfrenada codicia de algunos agentes económicos, a la ingenua o interesada desregulación de los negocios financieros, y a la hegemonía, variable según los países y los tipos de gobiernos, que ha ejercido el capitalismo reforzado por el neoliberalismo, que es mucho más que un conjunto de planteamientos acerca de cómo manejar la economía».

Pero todo lo que ocurrió en los años siguientes no tuvo solamente un carácter económico. Consultados por Emol, cinco analistas intentan dibujar las características que definieron el ciclo que termina el próximo año. ¿Cómo pasará a la historia esta década?

Un mundo despierto

Dos imágenes locales: la primera, la Alameda atiborrada de estudiantes en 2011, en el inicio de un movimiento que impulsó grandes reformas en la materia y cuyos dirigentes hoy son diputados en el Congreso Nacional. La segunda es de 2019: la Alameda nuevamente llena, sirviendo como punto de encuentro para más de un millón de manifestantes en medio del llamado «estallido social».

«El impacto generado por movimientos sociales cada vez más masivos fue central», dice la coordinadora académica de la Escuela de Historia de la U. Diego Portales, Consuelo Figueroa. «El movimiento estudiantil de 2011, las protestas regionales como la ocurrida en Magallanes, las organizaciones ecologistas y sus reclamos medioambientales, el movimiento No + AFP, las cada vez más visibles luchas indígenas por tierras y derechos colectivos, el creciente apoyo a los movimientos feministas y disidencias sexuales, entre muchos otros, fueron corriendo el límite entre lo aceptable y lo inadmisible», explica.

A su juicio, a los inicios de la década «todavía era posible criminalizar con facilidad este tipo de expresiones populares —claro ejemplo es el de las comunidades mapuche— hoy, para la mayoría, resulta inaceptable desatender las múltiples demandas que levantan estos movimientos». «La antes reprochada y temida ocupación de las calles dio paso a una revalidación del uso de los espacios públicos como lugares de construcción de ciudadanía», agrega.

Pero no se trata solamente de un tema chileno. La imagen de las calles rebosantes de manifestantes se repitió durante la década en diferentes avenidas de distintos países y la causa está, para Gárate, en un «agotamiento de la idea de un modelo económico que repartía casi por chorreo». «Las demandas aumentan mucho más que lo que los privados y el Estado son capaces de ofrecer. Hay una ciudadanía que demanda más y que siente que la promesa de bienestar empieza a hacerse trizas a mediados de la década del 2000», dice.

Squella, por su parte, habla de un «retroceso del estado de bienestar». «Lo que entraña es un debilitamiento de los derechos sociales, unos derechos fundamentales que lo son con tanta propiedad como los derechos civiles y los derechos políticos», menciona.

El «fin de los consensos»

Ligado a la masividad de las movilizaciones y la fuerte crítica impulsada por los movimientos, a los ojos de los expertos apareció otra consecuencia: la de una ruptura en el pacto social vigente durante las últimas décadas.

Así lo plantea Consuelo Figueroa. «En estos últimos diez años en Chile, hemos sido testigos de un velado, pero progresivo proceso de desmantelamiento de la legitimidad que tuvieron los pactos sociales y políticos desde el retorno a la democracia», explica.

«Si hacia el inicio de la década todavía dominaba una opinión pública –avalada por la clase política y los medios de comunicación- que mayoritariamente respaldaba la política de los acuerdos y aceptaba, sin mayor discrepancia, la criminalización de quienes ponían en entredicho el modelo, hoy la balanza se inclina hacia el otro lado», agrega.

Para la académica de la Escuela de Gobierno de la U. Adolfo Ibáñez, María Francisca Rengifo, se trata de «un periodo de inflexión». «Es un momento de aceleramiento de procesos más largos. Lo que ha ocurrido con el Instituto Nacional y el amplio movimiento feminista por la igualdad de género, representan tensiones sociales y, en consecuencia, políticas de cómo nuestra democracia se ha construido sobre pies de barro: sus profundas desigualdades», afirma.

Se trata, para Josefina Araos, académica del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES), de un «cuestionamiento al modelo de desarrollo instaurado en dictadura y consolidado por la Concertación». En 2011, señala, comenzó «el fin de los consensos». Las crisis actual, dice, se desprende de «la disputa de las alternativas para enfrentar un nuevo ciclo».

Fenómenos que se creían extintos

Araos describe una «tensión» en la que parecen estar «todos los ejes del orden posterior a la Guerra Fría», como el sistema de producción, la comunidad europea, la democracia liberal y el sistema representativo, y el pensamiento científico. «Quizás la muestra más clara de esto sea el avance de la ola populista, cuyos líderes han logrado articularse como respuesta a la incertidumbre y precarización que tales crisis han generado, y que mantiene hasta ahora a la clase política paralizada», dice.

Squella también avizora un «debilitamiento de la democracia» y un «surgimiento de gobernantes que, elegidos democráticamente, no tardan en pasar por encima de las reglas que esa forma de gobierno establece para ejercer el poder, para incrementarlo y para conservarlo».

Es un análisis con el que concuerda Gárate, quien considera que las crisis experimentadas generaron «un retorno de fenómenos que se pensaban ya desaparecidos desde la década de los 30». Uno de ellos, precisamente, son que son los populismos. «Hay grupos que se acercan al fascismo en Europa, incluso la llegada de un Presidente como Donald Trump en EE.UU. con una política muy distinta, antiliberal en algunos casos», comenta.

No es el único cambio que percibe en la materia. Para el académico, también cambió «la forma de lo que se puede llamar violencia política». «El terrorismo que fue visto en algún momento, como el ataque a las Torres Gemelas y la guerra en Irak, dio paso a un tipo de terrorismo —sobre todo en Europa— de ‘menor’ escala, pero que genera más miedo», menciona.

Como ejemplos, señala los ataques registrados en conciertos o teatros, restaurantes y a «determinados grupos de personas», como turistas o quienes profesan una religión específica. «Ya no es el ‘gran ataque’, pero sí muchos ataques pequeños que le podrían tocar a cualquier persona, y esas formas también empiezan a replicarse en distintas partes del mundo», añade.

Los nuevos ciudadanos

Protagonistas de este cambio, aparecen las nuevas generaciones: millennials y centennials, grupos etarios con características que los diferencian de las generaciones que les antecedieron. «No conocieron la Guerra Fría ni la vivencia de dictaduras, y por lo tanto se presentan frente al poder sin ningún tipo de miedo ni timidez, y lo desafían de manera directa, e incluso de manera violenta», dice Gárate.

Son generaciones que, además, por primera vez no tienen una visión clara del futuro. «Están viendo que probablemente sus hijos vivan peor que ellos y eso genera desesperanza, por eso es importante ver por qué la juventud —jóvenes de 12 o 14 años— están protestando de manera tan violenta», plantea.

Gárate habla de un fenómeno que en Historia se conoce como «presentismo». «Hay una sensación de un futuro muy incierto desde el punto de vista climático, económico, de las oportunidades para la población, el acceso a los alimentos, etc. Es cosa de ver cómo disminuyen las tasas de natalidad en los países occidentales y aumentan en los más pobres. Hay esa sensación, tanto en los adultos como en los jóvenes, de que la promesa del futuro está en peligro», comenta.

Es una generación, además, caracterizada por el uso y manejo de redes sociales, algo que también marca la década. «Las redes sociales no han creado nada nuevo, pero lo que sí han hecho es amplificar, a un nivel no conocido, cuestiones que antes ya conocíamos. Actúa como una especie de catalizador, de multiplicador de fenómenos que rápidamente se viralizan en todas partes», dice.

La consecuencia se puede apreciar precisamente en los movimientos sociales alrededor del planeta. «La globalización del comercio y de las comunicaciones genera repertorios de protesta que son similares, es decir, se pueden copiar a pesar de que los contextos sean distintos. Por ejemplo, a mí me impresionó mucho ver a los jóvenes en Chile copiando los punteros láser y la forma de apagar las bombas lacrimógenas de Hong Kong. Eso se aprendió en cosa de minutos viendo las imágenes», concluye.

La amenaza climática

Por último, los expertos destacan un tópico que con el paso de los años ha ido adquiriendo importancia en la discusión pública y que por estos días reunió a 197 países en Madrid: la crisis climática, una causa en la que, además, los protagonistas están siendo los jóvenes de las nuevas generaciones.

Para Gárate, este fenómeno se relaciona directamente con otro que también ha ido tornándose más crítico con el paso de los años: las migraciones masivas. «Ahora las vemos como algo económico, pero tienen que ver con las crisis ambientales y con zonas donde se hace cada vez más difícil la vida y la agricultura», comenta.

«Hay movimientos masivos que se están produciendo: desde África a Europa, de América Central a EE.UU., desde las zonas costeras o desérticas del continente hacia los núcleos urbanos, y en Chile desde los propios núcleos urbanos de la zona central, cada vez más secos. Hay gente en el país que ya está migrando hacia el sur», afirma.

Squella, además, trae a colación el término «zonas de sacrificio», que considera que marcará este ciclo. «Confío en que al analizarse el curso de los últimos diez años, los futuros analistas se espanten con esa inmoral y abusiva denominación que se da hoy a los lugares de un país en los que sus habitantes viven bajo la constante intoxicación que producen industrias públicas y privadas fuera de control medioambiental», dice.

Esta década, para el abogado, fueron «diez años de aceleración del calentamiento global, producto, en parte importante, de la irresponsable y cuantiosa emisión de gases en nombre del crecimiento de las economías y del desprecio por un desarrollo sustentable y, más ampliamente, por un desarrollo humano».

Para Rengifo, en tanto, la pregunta sobre cómo se recordará el presente en la historia del futuro es «intrigante». «No porque es imposible de responder, sino por el contrasentido que contiene: buscar una explicación sobre lo que ocurre en lo que vendrá. En cambio, la historia posee un poder crítico que permite buscar ese sentido de los acontecimientos en lo que ya pasó», acota. A su juicio, los acontecimientos de estos últimos diez años «plantean la pregunta sobre cómo la igualdad se entiende igualitaria». «Esa respuesta es el desafío de aquí en adelante», concluye.

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