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[PRENSA] Activos, longevos y opinantes: Las nuevas personas mayores, el grupo que abre debates en la sociedad chilena

Publicado en EMOL

Un 23% sigue trabajando pese a estar jubilado y un 6% no se ha retirado, aunque podría. La idea de descansar en una mecedora les parece «altamente indeseable», pero quieren un empleo en condiciones acordes. También se aburrieron de que los miren «desde la vulnerabilidad».

Mientras el Tribunal Constitucional discute la aplicabilidad del decreto de ley 3.500 que regula el funcionamiento de las AFP y resuelve si la profesora María Angélica Ojeda pude retirar de una vez la totalidad de sus fondos de pensiones para pagar su crédito hipotecario, la realidad de los adultos mayores, como tópico en sí mismo, se cuela cada vez con más fuerza en el debate.

Con su historia, Ojeda volvió a reflotar la vulnerabilidad financiera que enfrentan las personas tras su jubilación: con los $185 mil que recibe como pensión mensual, asegura que no puede costear el préstamo. En AFP Cuprum acumula $46,5 millones de su ahorro previsional, los que, defiende, le pertenecen.

Las opiniones frente al tema son mixtas, así como también lo son las apreciaciones en torno a la idea de rebajar el pago de impuesto territorial —o contribuciones de bienes raíces— para los adultos mayores, una idea contenida en la reforma tributaria para aquellos que tengan condición de vulnerabilidad y o formen parte de la clase media.

Los debates son el producto natural de un nuevo orden social que se evidencia en la calle, en el que la tercera edad adquiere cada vez mayor protagonismo: según datos del Censo 2017, el 16,2% de la población chilena corresponde a adultos mayores, equivalente a casi 3 millones de habitantes. De ese total, un 16,5% tiene más de 80 años.

Las estadísticas confirman la tendencia advertida por Naciones Unidas: el crecimiento de este segmento es tal que, para 2050, por primera vez en la historia de la humanidad la cantidad de personas de edad en el mundo superará a la cantidad de jóvenes. ¿Cómo son los nuevos adultos mayores chilenos y cuáles son sus necesidades?

«Vivos e irrelevantes»

En 1947, cuando nació Ximena Abogabir —fundadora de La Casa de la Paz y ahora a la cabeza de Travesía 100, una organización que busca la integración de las personas mayores en la sociedad—, su expectativa de vida eran 50 años, como la de todas las mujeres que llegaron al mundo en ese momento.

71 años después, y debido a que es una mujer que llegó sana a cumplir los 70, cuenta que su expectativa ahora está calculada en un promedio de 90,4 años. «Hoy lo más probable es que yo llegue a vivir, si no hasta los 100, por ahí cerca», dice en conversación con Emol.

«Existe una constatación a nivel global de que hoy en día el envejecimiento es un proceso en curso para todo el mundo, pero en Chile está particularmente acelerado», explica. «A medida que las personas toman conciencia, se quieren preparar», dice en primer lugar.

La principal preocupación, comenta, es la de seguir «siendo productivos», donde además de una necesidad económica juega el factor adicional de la pertenencia. «Nos gusta mantenernos vigentes, seguir aprendiendo, interactuar con otras generaciones», explica.

La principal preocupación, comenta, es la de seguir «siendo productivos», donde además de una necesidad económica juega el factor adicional de la pertenencia. «Nos gusta mantenernos vigentes, seguir aprendiendo, interactuar con otras generaciones», explica.

«La idea de sentarse en la mecedora a descansar a la mayoría de la gente le parece altamente indeseable, porque sabemos que ahí empieza un proceso de decaimiento físico, mental y relacional que te hace daño y que va a arrastrar a tu familia con ello», comenta. «Si nosotros aceptáramos la opción de ‘descansar’ a partir de los 60, el Estado nos tendría que mantener vivos e irrelevantes durante 40 años», afirma.

Mirar desde el potencial

En el proceso, explica, se requiere un cambio de mirada de la sociedad, incluso lingüístico. «Así como ocurrió en el acoso sexual, que los ‘piropos’ fueron declarados inadecuados y rechazables, también con las personas mayores estas palabras ‘cariñositas’ como puede ser ‘tatita’ o ‘abuelita’ son en realidad peyorativas, porque te están mirando desde la vulnerabilidad», expone la periodista.

«Suena aparentemente dulzón, pero no es el tipo de apelativo que quieres recibir, porque no necesariamente uno se identifica con su rol de abuelo. Yo también soy hermana, tía, sobrina. Hay que develar el abismo que es la discriminación por edad y que nos mira a todos de acuerdo a lo que hemos perdido, y no desde nuestro potencial», añade.

La mirada, explica, a menudo implica un menosprecio. «Nosotros no somos nativos digitales ni nada que se le parezca, pero todas las personas que hemos estado insertas en el mercado laboral sí nos tuvimos que digitalizar de alguna manera. También está el mito de que no aprendemos, y sí aprendemos aquellas cosas que nos dan un beneficio a corto plazo», comenta.

Existe también un potencial social, lo que ya fue advertido por un grupo que se propone inscribir en el Servel el primer Partido del Adulto Mayor. A Abogabir le hace sentido. «Este es un grupo humano al cual la política todavía le interesa. El concepto de ‘no estoy ni ahí’ no nos apetece y entendemos que si todos decidimos votar en una determinada dirección, hay una posibilidad de dar vuelta un escenario. Además hay un cierto ninguneo de parte de las políticas públicas», menciona.

Por eso, dice, la sociedad debería dejar de pensar en los adultos mayores como en «algo que necesita ser asistido». «Hay que derribar aquellos obstáculos que impiden que la persona siga viviendo plenamente su longevidad y siga siendo un aporte a sí misma, a su familia y a su sociedad».

El trabajo extendido

Dentro del Núcleo Milenio para el Estudio del Curso de Vida y la Vulnerabilidad (MLIV, por sus siglas en inglés), el envejecimiento es una de las áreas de interés. Así lo demuestra el trabajo de Ignacio Madero Cabib, PhD, quien además de ser subdirector de la instancia es académico de Sociología y Medicina en la U. Católica e investigador del Centro COES.

Hace poco, Madero Cabib terminó una encuesta que buscaba entender la vulnerabilidad financiera y de salud en personas mayores. Tras encuestar a 802 personas de entre 65 y 75 años en Santiago, tiene algunas luces.

Lo primero es que un porcentaje significativo de dicha población está «completamente jubilado». Esto quiere decir que el 64% de la muestra recibe pensión y no tiene un empleo remunerado. Por otra parte, un 23% está «parcialmente jubilado»: reciben una pensión, pero continúan trabajando a tiempo completo (15%) o de forma parcial (8%). Un 6,2% sigue trabajando a pesar de haber cumplido la edad de retiro.

Son datos que deben interpretarse de manera contextual. En general, explica el académico, quienes alargan su vida laboral son los que están «en los extremos de los niveles educativos». «Las personas altamente educadas suelen tener una alta satisfacción con el trabajo, un alto sentido de pertenencia, mucha autonomía, mucha capacidad de innovar y de liderar equipos», explica.

En la cara contraria, quienes tienen un bajo nivel educativo se dedican, en general, a realizar trabajos manuales y continúan trabajando porque lo necesitan. El fenómeno, precisa, «no necesariamente es algo positivo» y empezó a ser promovido en momentos en que los países enfrentaban crisis económicas.

«Hay fuertes críticas a toda esta idea de que trabajar hace bien, que genera integración social y que las personas se sientan útiles. Es un diagnóstico bien compartido que se genera porque hay un fracaso rotundo del sistema de pensiones», comenta. Por eso, aclara, existen otros factor a considerar y más matices.

«Ganas de trabajar» vs. «derecho a descansar»

En agosto, una imagen causó debate en México: un adulto mayor junto a una mochila de Uber Eats. Mientras algunos alababan sus «ganas de trabajar», otros criticaban que tuviera que someterse al esfuerzo físico de moverse en bicicleta a su edad y defendían su «derecho a descansar». En Chile, la misma polémica ha aparecido en redes sociales.

Es precisamente el tipo de trabajo realizado por los adultos mayores un factor diferenciador que menciona Madero Cabib. «No se trata de esta forma rígida de empleo de 45 horas semanas, donde las personas se tienen que trasladar una hora de ida y otra de vuelta, ni tampoco los que son físicamente demandantes», dice.

Más allá del esfuerzo físico, también esta población tiene otros intereses. Las personas que llegan a Travesía 100, por ejemplo, declaran tener interés y necesidad de trabajar, además de considerar que pueden hacerlo, pero «no quieren seguir haciéndolo en las mismas condiciones de antes», explica Abogabir. «No quieren la jornada completa en el mismo lugar haciendo lo mismo, porque nuestra generación es una que ha trabajado mucho y hoy quiere algo parecido a lo que piden los millennials: flexibilidad».

También destacan la necesidad de una capacitación continua, un fenómeno que hoy se da en cifras bajas en Chile. En ese sentido, Madero Cabib destaca un programa con el que el Sence promueve desde 2018 que las empresas contraten a personas mayores de 65 años y les otorga fondos para su capacitación. Desde el Estado, comenta el investigador, han surgido iniciativas interesantes para esta población, como la preocupación de hacer la ciudad accesible.

Para entender las implicancias de esta nueva realidad laboral y los riesgos que podía traer consigo, el investigador de COES realizó un estudio en que siguió a un grupo de personas cinco años antes de la edad legal de retiro y 5 años después de haberlo hecho. «Lo que vimos es que la jubilación anticipada tiene efectos negativos en términos de salud: son más susceptibles de tener tres o más enfermedades como artritis, cáncer o hipertensión», cuenta.

Sin embargo, puntualiza que hay otro factor que es todavía más determinante: «En países ‘liberales’, donde se individualizan los riesgos financieros y de salud asociados a la vejez, donde existe esta idea de que cada uno es responsable de cotizar por sí mismo y ni el Estado ni los empleadores cotizan para la pensión de las personas, el retirarse anticipadamente del mercado laboral tiene efectos más nocivos para la salud», dice.

El punto de comparación son países socialdemócratas, como Suecia o Dinamarca, o corporativistas, como Alemania o Francia. En ellos «los riesgos asociados a la vejez se colectivizan, se comparten entre generaciones y las personas contribuyen más impuestos para cubrir las necesidades financieras y de salud de las personas mayores», cuenta. «El trabajo extendido tiene efectos en general positivos para la salud, pero depende mucho del contexto en que viven las personas», concluye.

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