“REINVENTARSE”
Participantes en los grupos manifestaron reiteradamente su temor a perder el empleo o a enfrentar el desempleo provocado por la pandemia considerando la dificultad de encontrar un empleo nuevo. Varias personas habían perdido su trabajo en el momento de la Prensa grupal, sobre todo mujeres, que fueron las primeras en ser despedidas o replegarse a su hogar para cuidar a los niños y personas dependientes por el desigual sistema de cuidados en Chile. Una de las participantes, secretaria en una empresa en Puerto Montt, estaba viviendo solo con el subsidio de cesantía y señaló que no salía a buscar empleo porque sabía que no lo iba a encontrar, una situación similar a la de varios participantes.
En las conversaciones en todos los grupos, la palabra “reinventarse” se repetía una y otra vez, resumiendo con algún grado de optimismo las esperanzas frente a la angustia por el empleo. Ante todo, la expectativa de subsistir día a día innovando mediante trabajos alternativos: un técnico eléctrico empezó a realizar trabajos de carpintería, para una mujer desocupada la opción era vender “pancito o algo que pueda ejecutar desde su casa”, un taxista pensaba en la entrega a domicilio como una alternativa ante la disminución de los pasajeros, una dueña de casa ante la cesantía de su esposo inició la costura de mascarillas arriesgándose a desplazarse de una comuna a otra para la venta de su producción.
Observamos en las conversaciones de los participantes en los grupos dos significados del uso de la palabra “reinventarse”: por un lado, en torno al tiempo vivido en el presente de la emergencia, pero por otro lado también una percepción acerca del tiempo futuro. En ese plazo más prolongado, “reinventarse” era visto como “empezar de cero”, “partir de nuevo” y la posibilidad de perder al menos algo si no todo de las condiciones económicas anteriores a la crisis. Carecer en el futuro de lo indispensable para subsistir por parte de personas de menores recursos era visto como una expectativa “oscura, triste y desoladora”, una “esperanza que a veces uno va perdiendo”, sin siquiera la ilusión de contraer créditos de consumo como en el pasado ni de contar con un apoyo del Estado calificado en los grupos como casi inexistente. Entre quienes habían experimentado un ascenso hacia la clase media en los últimos años, la probabilidad de disminuir ingresos fue apreciada como una pesadumbre intensa, “como volver a ser pobre de nuevo”. Según sentenció una arquitecta de Puerto Montt: “¡Porque no vamos a tener nada! Vamos a quedar súper pobres… Todo va a ser una cosa como terrible”. Participantes de estratos medios también expresaron temores muy fuertes sobre la posibilidad de tener que escolarizar a los hijos en establecimientos gratuitos o más baratos, traduciendo un intenso sentimiento de desclasamiento y angustia frente a la pérdida de estatus.
Así, las creencias en las posibilidades de “reinventarse” oscilaron en los grupos entre chispazos de ligero optimismo sobre la posibilidad de salir adelante durante la emergencia y un fuerte pesimismo sobre el futuro. Esto contrasta con el sentimiento positivo de esperanza colectiva durante la protesta social del 18/O y sobre todo la expectativa de que “si se logra algo, voy a ser beneficiada yo también”. Esta esperanza colectiva durante el estallido implicaba un cambio con respecto de la “normalidad” anterior a la revuelta, cuando predominaba la creencia en el mérito individual, aunque con críticas a la forma como operaba. Surge entonces la interrogante de qué efectos tienen esos nuevos sentimientos acerca las posibilidades de “reinventarse”, aunque sean transitorios como todas las emociones, sobre las motivaciones más permanentes de la gente para actuar frente a las desigualdades y en búsqueda de un bien común.
IDENTIDAD COLECTIVA DURANTE LA PANDEMIA
Durante el estallido emergió reiteradamente la expresión “el pueblo” como forma de nombrar una identidad compartida entre participantes de los grupos focales de diversos estratos sociales, principalmente del estrato bajo y medio. Esto marcó una diferencia con el período anterior a la crisis de octubre de 2019, cuando Prensamos a los participantes por primera vez, sin que hubiera una forma homogénea de nombrarse. ¿Qué ocurrió con esta identidad en la contingencia de la pandemia? Una persistencia de esta identidad se podría vincular al significado que Butler (2017) atribuye a la expresión “nosotros el pueblo”, como una verbalización que trata de hacer existir un conjunto social plural y anuncia el valor de la igualdad frente a la desigualdad.
Una de las participantes en los grupos focales en los tres momentos sucesivos, reponedora en un supermercado, de 25 años y residente en Quilicura en la zona del norte de Santiago, participó en uno de nuestros grupos focales una semana antes del estallido. En ese momento hizo referencia a “de donde venimos nosotros, de Plaza Italia para abajo”, como un marcador que definía su identidad en base a la conocida segregación socioeconómica entre áreas de la ciudad de Santiago. Un mes después del 18/O, cuando volvimos a reunirnos, se refirió a “ellos allá para arriba”, incluyendo las dos partes en la dicotomía. Respecto de los de abajo, esta vez expresó una pertenencia a “el mismo pueblo de donde nosotros somos, todos humildes”. Surgió así una expresión referida a un “nosotros”, una sensación de pertenecer a una colectividad amplia que no había sido manifestada antes de la revuelta. Pocos meses después, frente al coronavirus, el modo de pensar de la reponedora de supermercado giró en otra dirección, al comparar la viñeta del gran empresario con otras dos viñetas, una trabajadora de casa particular y un taxista. Señaló que “los dos anteriores personajes son digamos más de pueblo, ya de sacrificio digamos, … pero tiene más posibilidades… porque claro, las lucas ayudan mucho”.
En base a percibir al accionista como alguien con más recursos económicos para hacer frente a la contingencia de la pandemia, lo relevante para ella seguía siendo esas condiciones aventajadas permanentes que lo separan del resto. Así, durante la pandemia, ella reiteró la distinción con respecto del gran empresario y además mantuvo la palabra “pueblo” como una forma de nombrar una identidad compartida entre quienes tienen menos recursos. En definitiva, su manera de pensar la identidad de “pueblo” fue permanente en los tres momentos estudiados, especialmente desde la protesta social, a pesar de las cambiantes circunstancias.
Sin embargo, a diferencia de la reponedora de supermercado, los demás participantes en los grupos usaron la palabra “pueblo” en forma muy reiterada en el estallido, pero no durante la pandemia. La explicación se refiere a que se trata de una expresión con una conNotasción emocional y a la que se atribuye un valor social, más allá de una mera categoría socioeconómica. El hecho de que la expresión “el pueblo” fue dejada de lado durante la pandemia es un indicio de que disminuyó la intensidad de la emoción asociada a asignarle un mayor valor durante el período de la protesta, perdiendo fuerza como motivación para contribuir a una acción colectiva en el período posterior.
En cambio, lo que predominó en los grupos durante la pandemia fue la idea de que “todos” estaban enfrentados a la misma amenaza de enfermarse, sin distinción de condiciones sociales, retornando así a una condición de origen de igualdad como seres humanos en una situación de profunda crisis. A pesar de ello, especialmente los participantes de los grupos de estrato bajo enfatizaron que, aunque “todos” compartían con el accionista de grandes empresas el riesgo de enfermarse, el empresario tenía una situación distinta frente a la pandemia. “Si él se llega a enfermar se va a ir a una clínica y lo van a atender rápidamente”, señaló una dueña de casa de San Ramón, en el sector del sur de la ciudad de Santiago. Otro integrante del grupo complementó destacando que, en cambio, una persona de menos recursos debía recurrir a la atención de salud del sistema público “mucho más colapsado”. Personas del mismo estrato social expresaron que el accionista disponía de recursos económicos que le permitían permanecer en su hogar sin necesidad de desplazarse por razones de trabajo, un confinamiento con mayor “comodidad” y disfrutar la oportunidad de “pasar más tiempo con su familia”.
En referencia a sus condiciones más favorables para enfrentar la pandemia debido al monto de sus recursos económicos, una auxiliar de aseo de Puerto Montt concluyó: “¿De qué se va a preocupar?”. Incluso algunos expresaron la sospecha de que “se está aprovechando” de las circunstancias, en busca de su propio interés económico egoísta por sobre el resto afectado por la pandemia, con planes de negocios en marcha para sacar ventajas de la situación de pandemia. De este modo, la idea de “todos” enfrentados a la amenaza de la enfermedad abarcaba también al gran empresario, pero éste era considerado un privilegiado en los demás aspectos. En ese sentido permanecía el significado de la expresión “el pueblo” que lo excluía durante el estallido, especialmente desde el punto de vista de los participantes de bajos ingresos, quienes mantenían así una identidad diferenciada y opuesta también durante la pandemia.
SENTIMIENTO PRÁCTICO DE PERTENENCIA A UNA COLECTIVIDAD
Más allá de las distinciones que establecían un límite con otros, en los grupos escuchamos múltiples relatos sobre formas de sociabilidad que surgieron en la pandemia y que podrían dar contenido práctico más que político a una identidad compartida. Se mencionaron redes de trueque y compraventa entre vecinos, ayudas con alimentos a personas más necesitadas, redes de vigilancia y seguridad entre vecinos frente al temible aumento de la delincuencia. En general, se detallaron prácticas con un sentido de comunidad local mucho más intenso que durante el período de “normalidad” y también mayor en comparación con los meses de la revuelta del 18/O, incluso con respecto al fuerte temor a la delincuencia en esos meses.
A esto se agregó un sentido colectivo y normativo del cuidado frente al virus, enfatizando en una responsabilidad compartida. Para subir a un taxi colectivo en Puerto Montt, integrantes de los grupos de la ciudad señalaron que las personas tomaban precauciones como el uso de mascarillas, guantes y lavado de manos. “Pero no todos tienen esa misma precaución”, expresó con un tono de fuerte rechazo una dueña de casa de esa ciudad. Su sentencia era similar a la de otros participantes: la no cooperación con normas de cuidado era castigada informalmente con la desaprobación.
Entre los participantes esta cooperación constituía una respuesta inédita e inmediata a los problemas sanitarios y de subsistencia. Aunque está destinada a disiparse una vez acabada la pandemia, el carácter pragmático más que político de ese vínculo social podría permanecer más allá de lo contingente. Esa sensación práctica de pertenecer a una colectividad distaba del “sálvese quien pueda” exacerbado antes del estallido por el sentimiento de estar sin amparo en una sociedad neoliberal.
AGRADECIMIENTOS
Este trabajo contó con el apoyo de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), a través de los proyectos Regular N°1190436 y CONICYT/FONDAP/15130009.
NotasY REFERENCIAS
Este artículo es parte del proyecto CIPER/Académico, una iniciativa de CIPER que busca ser un puente entre la academia y el debate público, cumpliendo con uno de los objetivos fundacionales que inspiran a nuestro medio.
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