Contra la idea de que en el 18/O los sectores populares despertaron de un letargo político, el autor describe un intenso movimiento social originado hace 20 años y que se alimenta de las luchas por una vivienda digna. El movimiento está compuesto por numerosas organizaciones sociales y políticas que, pese a no tener un alto impacto en la pública, desplazaron a los partidos políticos tradicionales de los sectores populares. El autor sostiene que sin incorporar a estos actores al proceso constituyente “es imposible reconstruir un nuevo pacto social legítimo en el largo plazo”.
En un artículo publicado en 1994, el politólogo Philip Oxhorn se preguntaba ¿dónde se fueron los que protestaban? en referencia a la importante desmovilización de los sectores populares tras la recuperación de la democracia. Para entender este proceso, desde la investigación en temas urbanos, se identificaron los efectos de la política de vivienda desplegada por los gobiernos de la Concertación. Se mostró cómo la política de construcción masiva de viviendas sociales, desarrollada durante toda la década del noventa, había sido exitosa desde el punto de vista cuantitativo, en la medida que había reducido significativamente el déficit habitacional heredado de la dictadura[1], pero había tenido un efecto negativo sobre el comportamiento social y político de los pobladores. Inspirados por las trabajos norteamericanos asociados a la “nueva pobreza urbana” (Wilson, 1987), se planteaba que la concentración de las familias más pobres en la periferia tendría como efecto la intensificación de distintas patologías sociales, tales como la delincuencia, el narcotráfico, la drogadicción, la deserción escolar y, entre ellas, el “inactivismo político” (Sabatini, Cáceres y Cerda, 2001; Tironi, 2003).
A partir de este diagnóstico, importada desde el debate norteamericano, comenzó a difundirse entre las ciencias sociales y los medios de comunicación la categoría de “gueto” para describir las condiciones de vida de los pobres urbanos en los conjuntos habitacionales entregados por el Estado. Aun cuando esta categoría sea usualmente utilizada con el fin de denunciar los efectos negativos de la política habitacional, tanto en términos de falta de acceso a servicios (trabajo, educación, salud) como de extensión de la violencia en la vida cotidiana de las personas, ésta ha contribuido a estigmatizar las formas de vida de los sectores populares. Por una parte, se construye una imagen homogénea de las poblaciones en la que se resaltan sus aspectos negativos, especialmente la delincuencia y el narcotráfico; y, por otra parte, genera una visión nostálgica respecto a las movilizaciones políticas del pasado, parámetro desde el cual los pobres urbanos aparecen hoy como individuos pasivos, desesperanzados, apáticos respecto a los procesos de transformación social (Caldeira, 2009).
La amplia participación de las poblaciones en el estallido social ha puesto en cuestión este diagnóstico. ¿Por qué ahora se movilizan los pobres?, entre las protestas de mediados de los ochenta y los enfrentamientos en Lo Hermida o Pudahuel Sur ¿existe alguna continuidad? ¿qué rol juegan los partidos políticos tradicionales? A partir de distintas investigaciones en las que he participado desde 2010, primero, quisiera complejizar la tesis del inactivismo político en los barrios periféricos de la Región Metropolitana; y, segundo, mostrar algunos elementos comunes de las principales organizaciones que hoy contribuyen a politizar la “cuestión poblacional” a partir de la lucha por la vivienda. Para ello, mostraré la función que ocupa la palabra dignidad dentro del lenguaje político de los pobres urbanos.
¿FUERON PASIVOS LOS POBRES DE LOS ’90?
Desde los estudios urbanos y, especialmente, desde los medios de comunicación se ha descrito al sector de Bajos de Mena en Puente Alto como “el gueto más grande de Chile” (Atisba, 2010). Con una población de alrededor de 120.000 personas, con un acceso muy limitado a servicios y equipamiento urbano, identificado como “barrio crítico” por sus altos niveles de violencia y narcotráfico, Bajos de Mena ha sido el emblema del fracaso de la política de vivienda impulsada por la Concertación durante la década de los noventa.
Durante el estallido social, se registraron distintas manifestaciones en el sector desde caceroleos, cabildos, asambleas territoriales hasta barricadas y constantes ataques a la comisaría. Actualmente, en los medios de comunicación, se muestra cómo, frente a la expansión del coronavirus, los vecinos han comenzado a organizar ollas comunes en distintos sectores, en algunos casos, con apoyos de la Municipalidad de Puente Alto y, en otros, de forma autogestionada.
¿El estallido fue el comienzo de la movilización en Bajos de Mena? Al parecer, no. En un artículo elaborado por Rodrigo Salcedo (2017) a mediados de los años 2000, se identifican tres estrategias desplegadas por los vecinos para hacerse escuchar: 1) los residentes organizan sus manifestaciones fuera de Bajos de Mena, por ejemplo, afuera del Serviu; 2) los pobladores tratan de llevar a las autoridades políticas al barrio; y 3) los grupos políticos más radicalizados organizan manifestaciones violentas dentro de la zona.
En línea con este argumento, realizamos un análisis de la prensa entre 2001 y 2020[2], a partir del cual identificamos cuatro grandes conflictos: el más antiguo en el sector es el impulsado por distintas agrupaciones de deudores habitacionales, quienes, a través de diversas acciones (barricadas, velatones, huelga de hambre, entre otras) buscaban que el Estado condonara la deuda que mantenían con la banca. En este conflicto, emergen la Coordinadora de Pobladores en Lucha (COPOL) y la Asociación Nacional de Deudores Habitacionales (Andha Chile), las cuales, más allá del conflicto específico asociado a la deuda, despliegan un discurso político muy crítico contra el modelo neoliberal y el tipo de democracia que se reorganiza tras la caída de la dictadura.
Un segundo conflicto importante surge a propósito de la explosión que se produjo el año 2003 en una cámara subterránea, liberando una importante cantidad de gas tóxico, producto de la construcción de 25.000 viviendas sobre el ex vertedero La Cañamera. Frente a este evento, vecinos de las villas San Guillermo, Santa Elvira, El Volcán, Santa Catalina y Estaciones Ferroviarias realizaron distintas manifestaciones (toma de edificios públicos, de canales de comunicación, entre otras) y, algunos de ellos, se organizaron en la Asamblea Popular de Puente Alto. En una toma realizada en la oficina central de la UNICEF el año 2011, los pobladores denunciaban tanto al Estado “por la criminal decisión de instalar a miles de personas sobre un vertedero” como al alcalde de Puente Alto por sus “ataques y amedrentamientos”.
Un tercer conflicto, más puntual, pero que persiste en la memoria de sus habitantes, se produce a propósito de un incendio en la población Pedro Lira el 10 de junio de 2012, el que costó la vida a una joven madre y sus dos hijos. A propósito de este incidente, los vecinos realizaron barricadas y organizaron marchas al interior de Bajos de Mena, con el fin de denunciar las malas condiciones de vida en los blocks: “Ésta es la última escoria, ¡ni siquiera tenemos dónde cargar una tarjeta Bip!” relata una vecina al diario La Cuarta. Al respecto, el entonces alcalde Manuel José Ossandón declara: “El caso de Bajos de Mena es el más grave de Chile, hay que demoler estos guetos de pobreza”.
Finalmente, en relación con las declaraciones del alcalde, identificamos un cuarto conflicto, esta vez asociado a la “solución” que propuso el primer gobierno de Sebastián Piñera al caso de Bajos de Mena. Para el gobierno, la mejor alternativa para los vecinos era darles una “Segunda Oportunidad”, es decir, demoler las villas Francisco Coloane y Cerro Morado, ofreciendo a los actuales residentes un nuevo subsidio para que compraran una casa de hasta 700 UF. Esto generó un verdadero clivaje político al interior de Bajos de Mena, entre quienes apoyaban el programa y eran cercanos al senador Ossandón y quienes se oponían. Entre este último grupo, hay quienes reclamaban por el monto del subsidio, pidiendo que se elevara a 1000 UF, y otros que no tenían interés en irse del lugar.
Como se puede observar, los pobladores de Bajos de Mena han desplegado distintas estrategias para denunciar tanto las malas condiciones en que viven como la responsabilidad del Estado en su solución. En estas acciones, destaca la emergencia de distintas organizaciones políticas que han surgido a propósito de estos conflictos, pero que, en muchos casos, parecen no haberse mantenido activas. Lo que se identifica de forma constante es la presencia de dirigentes, especialmente mujeres, que van, en algunos casos, activando la movilización y, en otros, mediando la intervención del Estado en el sector. Paralelamente, también han surgido distintas iniciativas culturales protagonizadas por jóvenes, donde destacan el Festival de Cine Social (FECISO), que se realizó en junio de 2013 en la población El Volcán, o el encuentro nacional de grafiteros “Metting Bajos de Mena” que se realiza desde el año 2015. Una parte importante de estas organizaciones busca politizar la “cuestión poblacional”, es decir, enmarcar la situación de Bajos de Mena en una crítica estructural contra el “modelo” chileno.