COES

Por Paola Díaz Lizé
Publicado en The Conversation

Cada vagón de “La Bestia” es un mundo, del mejor al peor de ellos.

A Ariel (nombre ficticio) le tocó uno de los peores cuando presenció, impotente, la violación de una joven por ocho personas. Viene llegando a Altar, Sonora, al norte de México, después de un largo viaje en este tren de carga. Es el medio de transporte utilizado por migrantes del sur de México y Centroamérica cuando no tienen suficiente dinero para pagar un bus o tienen que evitar los múltiples controles militares y a “la migra” (Instituto Nacional de Migración) a lo largo del territorio mexicano.

En este trayecto se ejerce violencia y las más de las veces se sufre violencia. Ariel está ansioso, angustiado. Dice que se siente culpable de no haber ayudado a esa mujer; sintió miedo de que lo tiraran del tren o incluso que lo mataran, aunque caer de ese tren también puede significar muerte, heridas y mutilación.

Imagen de un joven que fue arrojado del tren de carga por otro migrante cuando quiso defender a su esposa embarazada del acoso de otro hombre, Altar, 2019. Laura CarrazcoAuthor provided

Desde hace aproximadamente diez años, el paso por Altar-Sasabe, en el norte de México, hacia los Estados Unidos está totalmente controlado por el crimen organizado, como sucede a lo largo de toda la línea fronteriza.

Antes, era común tomar un taxi colectivo para llegar a Sasabe, el último pueblo fronterizo, para atravesar el paso con un guía o coyote. Hoy en día, el servicio de transporte local desde Altar ya no es posible. Las bandas se han apropiado de todo el territorio, amenazando a los transportistas locales y quemándoles los vehículos. Si un migrante llega a Altar es difícil que salga sin pagar una cuota. El transporte público ya no se detiene en este poblado de casi 8.000 habitantes y los llamados “puntos” (jóvenes que hacen de ojos y oídos del crimen organizado) están apostados en la parada del bus para informar de cualquier salida o llegada.

Tras pasar semanas hablando con migrantes que se encuentran en medio de este recorrido, queda claro que la violencia física y las múltiples formas de discriminación que sufren estas personas en su arriesgado viaje es un contínuum de la violencia. Un contínuum que va desde la violencia estructural –económica y social– cotidiana que viven en sus lugares de origen, hasta la violencia física. Esta abarca de una agresión callejera, un “tableado” del narco (golpes con tablas de madera), la extorsión, hasta la muerte y desaparición en el desierto o en manos del narcotráfico.

Ser mujer y migrante

En ciudades fronterizas como Nogales, Tijuana y Matamoros es donde se concentran las mujeres migrantes con niños en este momento. En Nogales (Sonora), justo al lado de Estados Unidos, María (nombre ficticio), una mujer procedente del estado de Guerrero, al sur de México, nos cuenta que lleva 3 meses esperando con sus dos hijos de 3 y 5 años. María tiene el número 2088. Este número es el lugar que ocupa en la “lista” (una iniciativa autogestionada) para solicitar el asilo a Estados Unidos. (Un promedio de 85% de las solicitudes de asilo de centro americanos y mexicanos han sido rechazadas este último año).

En Tijuana, la Casa del Migrante (de la Congregación religiosa Scalabrini) alberga muchas mujeres y niños de Centroamérica que están siguiendo el mismo proceso. En Matamoros, ha ido creciendo el número de tiendas que conforman un campamento improvisado a las orillas del río Bravo, lleno de familias esperando dicho número.

Prácticamente la totalidad de las mujeres y niños llegaron a la frontera norte de México con las caravanas de migrantes iniciadas en 2018 desde el Salvador, Nicaragua, Honduras y Guatemala, fenómeno que permitió visibilizar la enorme pobreza, desigualdad y violencia en que se vive en esta región de Latinoamérica. Tras llegar con la caravana, se han ido quedando mes tras mes o – con el programa “Quédate en México”- han sido devueltos a territorio “seguro”, para esperar el tan ansiado asilo, que muy pocos obtendrán.

Pero también hay mujeres que viajan en el temido tren. Para las mujeres, por ser mujeres, el viaje es mucho más arriesgado que para los hombres. Las agresiones sexuales son casi el destino inevitable de una mujer que llega en tren al norte.

En Caborca, una localidad contigua a Altar de casi 100.000 habitantes, a las orillas de las vías del tren, le preguntamos a Karina (nombre ficticio) si el chico con que llegó en tren es su novio. Nos responde: “Es mi novio del tren”. Algunas de las pocas jóvenes que llegan en la Bestia hasta el norte de México nos cuentan que muchas veces se hacen de novios en el curso del viaje. Deducimos que es una forma de protegerse de otros hombres que pudieran agredirlas, al menos de este modo solo tienen sexo con uno.

Violencia sexual y machista

Para estas jóvenes, ser bonitas es una desventaja que las expone aún más a la violencia sexual y machista. Muchas toman pastillas anticonceptivas asumiendo que serán violadas y que al menos así no quedaran embarazadas. Otras, cuando les llega la menstruación no se asean para apestar y provocar asco a los agresores.

Ser mujer y pobre redobla entonces la vulnerabilidad que sufre una persona en tránsito migratorio. A la violencia estructural y física se agrega la violencia sexual y machista. El migrante pobre e ilegalizado (por las políticas migratorias y la militarización de la frontera) a medida que es deshumanizado es mercantilizado y cosificado. En este lado del mundo, estas personas son parte de los ítems vendibles.

Para la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos, como describe el ex-agente Franciso Cantú en su libro “La línea se convierte en río” (2018), los migrantes son representados como una masa indistinta, un flujo peligroso que viene a amenazar la identidad y seguridad del país.

Los migrantes como fuente de ingresos

Pero los migrantes, especialmente los extranjeros en tierra mexicana, se han convertido en una fuente de valor económico, y no sólo para el crimen organizado.

Desde la señora del pueblo que les cobra entre 200 y 600 pesos mexicanos (entre 9 y 28 euros) por retirar el dinero que les envían sus familiares por Western Union, a la familia que renta cuartos convirtiendo su morada en “casa de huéspedes”, pasando por las pequeñas tiendas locales que venden bidones de agua y trajes de camuflaje. Todos hacen de los migrantes una fuente de ganancia.

Por supuesto, el crimen organizado no se ha quedado atrás.

Cruzar el desierto es atravesar territorios controlados por estas bandas que cobran entre 4.000 y 8.000 dólares (entre 3.630 y 7.260 euros) por pisar esas desérticas y peligrosas tierras.

Para los que no disponen de esas sumas (estratosféricamente onerosas para sus economías familiares), la alternativa es pasar con una mochila, es decir transportar drogas.

Llevar mochila

Pasar con mochila no siempre es sinónimo de gratuidad. Hay veces en que es necesario pagar entre 1800 y 2000 pesos mexicanos (aproximadamente 85 euros) para tener derecho a mochila y a veces no basta con una sola burriada (transporte de droga como “burro”) para poder quedarse del otro lado.

En los mapas que los migrantes construyen, en talleres que organiza la psicóloga del centro comunitario para migrantes CCAMYN (Centro comunitario de atención al migrante y necesitado), Altar aparece como el final de un largo camino, pero también como el inicio de uno nuevo hacia los Estados Unidos.

Cuando repartimos desayunos a los migrantes en Caborca – servicio que entrega el recién fundado Centro comunitario de ayuda al migrante- prácticamente todos los hombres, jóvenes y menores (de 14 a 17 años) que hacen fila para comer dicen ir para “arriba”. Los que llegan a Caborca, allí se quedan para arreglar su paso, a no ser que, con más dinero, ya lo hayan hecho desde sus lugares de origen. Los que desembarcan a Altar, quedan prácticamente atrapados allí.

Migrante mexicano de 54 años, después de haber intentado cruzar el desierto tras ocho días de marcha. Altar, agosto 2019. Paola DíazAuthor provided

Cada lugar es controlado por diferentes grupos que no permiten que la mercancía se les escape.

Si bien las situaciones en que se encuentra cada migrante son muy variadas, son tres los casos más corrientes: los migrantes que ya tienen arreglado su paso hacia los Estados Unidos dado que tienen parientes allá que les han ayudado a pagar el costoso viaje; los que no tienen parientes del otro lado y por tanto no cuentan con el dinero suficiente para pagar (en este caso dicen “no tengo otra opción que pasar con mochila”); y el tercer caso, los jóvenes que llegan hasta el norte mexicano sin un plan muy claro para “brincar” del otro lado.

Son éstos últimos los que generalmente son empleados por el crimen organizado como “puntos”. Es mayoritariamente en el segundo caso en que los postulantes al “brinco” buscan un trabajo en los campos para juntar el dinero necesario para pagar el derecho a mochila.

Desde que se firmó el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México (TLCAN), en Sonora se ha desarrollado una agricultura de exportación que emplea a campesinos empobrecidos (un efecto de este tratado) como mano de obra temporal.

Antiguamente eran sólo los mexicanos del sur (principalmente de Chiapas) los que venían a hacer las temporadas a la uva, la nuez, la papa, el pepino o el espárrago.

Hoy en día, las camionetas llegan a buscar migrantes a las casas de migrantes, casas de huéspedes o a las vías del tren. Les pagan un promedio de 200 pesos mexicanos (8 euros brutos) por jornada en el campo, donde trabajan de lunes a sábado entre las 6 de la mañana y la 1 o 2 de la tarde. Reciben la paga los sábados en la tarde pero deben pagar por cobrar su cheque y les descuentan los alimentos que consumen en los ranchos durante las horas de trabajo. Muchos son los que se quejan porque un patrón los llevó a un rancho y finalmente no les pagó o les pagaron mucho menos de lo acordado.

Pareja de viajeros en las vías del tren en Caborca. Paola DíazAuthor provided

Según algunas de las personas deportadas que encontramos en Altar y Caborca, en los Estados Unidos, dependiendo del trabajo que encuentren, pueden llegar a ganar entre 15 y 30 dólares al día, por lo bajo. Ello no se compara con los ingresos que estos jóvenes y hombres, en su mayoría campesinos, logran alcanzar en sus lugares de origen.

En las vías del tren en Caborca un joven hondureño de 17 años nos dice que es campesino y agrega que “el café que te tomas en Starbucks es el que yo cultivaba por menos de 7 dólares al día”.

Uno de sus compatriotas, sentado junto a él, nos cuenta el motivo de su viaje: “Tomé un préstamo para rentar un pedazo de tierra, comprar semillas y fertilizantes, pero este año (2019) no llovió suficiente y perdí todo; quedé con deuda. Vengo a buscar trabajo del otro lado para pagar la deuda y dar de comer a mi familia”.

Una migrante hace la pedicura a otra en los campamentos improvisados en Matamoros, en la frontera de Mexico con EEUU. Laura CarrazcoAuthor provided

Pero en medio de esta deshumanización y mercantilización del ser humano, del hacinamiento y la suciedad de los campamentos improvisados en Matamoros, existen microprácticas y formas de vida que recuerdan que los migrantes no son masas indistintas de “indeseables”, como la de una mujer centroamericana que trabaja en un “centro de belleza” creado entre dos sillas, para ganarse la vida mientras espera el “número” para pedir asilo en los Estados Unidos.

Relacionados

[NOTA] Taller Análisis de datos de panel: aplicaciones con ELSOC

COES

[PRENSA] Expertos coincidieron en la necesidad de avanzar hacia un financiamiento de la investigación

COES

[PRENSA] Protestas en Chile: el impacto psicológico del estallido social en la población

COES