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[OPINIÓN] Sobre la politización de los secundarios y cómo la desigualdad podría empujarlos al radicalismo

Por Daniel Miranda y Tomás Campos
Publicada en Ciper

En 2016 una parte de los secundarios que iniciaron el 18/O respondió una encuesta internacional sobre actitudes políticas. En ese momento estaban en 8vo básico: 61% dijo que participaría en marchas pacíficas, 31% cortaría el tráfico y 28% se tomaría un edificio. Usando ese y otros estudios, los autores sugieren acostumbrarse a vivir con jóvenes con “alta politización” y una “disposición a participar tanto en actividades pacíficas como más radicales”. Reducir la desigualdad tal vez podría cambiarlos, dado que en países menos desiguales solo un 9% de los jóvenes bloquearía el tráfico o haría una toma.

Fue la evasión de unos pocos la que movió el cerco de lo posible en cuanto a reformas políticas y sociales que hoy están en camino. Ese primer acto de protesta algo nos dice sobre la relación de los “más” jóvenes con la política, sobre todo si consideramos que esa acción de protesta es también un intento de influir en las instituciones y en las decisiones políticas. Lo que ha ocurrido estas semanas ha hecho evidente la relevancia de entender cómo las nuevas generaciones ejercen su ciudadanía, aún sin tener la edad legal para hacerlo (al menos para votar).

La discusión académica acerca de la participación ciudadana es extensa (Ekman & Amnå, 2012; Miranda, 2018; Van Deth, 2014). Sin ser exhaustivos, hay al menos tres tipos de participación en que la literatura muestra coincidencia.

Primero, participación comunitaria, referida al involucramiento de los ciudadanos en actividades orientadas a resolver problemas locales.

Segundo, la participación formal referida a los modos tradicionales de participación, como votar.

Y tercero, están las formas contenciosas de participación cuya característica principal es su orientación por influir/modificar las decisiones políticas desde fuera de las instituciones.

Este último tipo es el que ha mostrado sus más diversas formas en estos días, desde la asistencia a marchas pacíficas hasta sus expresiones más radicales. Pero ¿en qué tipo de actividades de protesta están dispuestos a participar los más jóvenes? ¿cuál es la tasa de participación en estas actividades? ¿son los jóvenes chilenos más o menos propensos a realizar acciones de protesta que en otras latitudes? Siguiendo estas preguntas se ofrecen algunos análisis para dar luces sobre esta generación.

Se analizó la disposición de jóvenes estudiantes de 8vo grado (14 años en promedio) hacia distintos tipos de participación contenciosa, usando los datos del Estudio Internacional de Formación Cívica y Ciudadana -ICCS 2016- en el que participó Chile junto a otros 23 países (Schulz et al., 2018). Este estudio evalúa conocimientos, actitudes, comportamientos, expectativas y creencias acerca de la vida política. Es interesante pensar que los jóvenes chilenos que participaron en este estudio (aplicado en Chile el segundo semestre del 2015) están hoy en 4° Medio, muchos de ellos siendo parte activa de este movimiento.

Primero, se presenta un análisis descriptivo de las tasas de respuesta a la siguiente pregunta: “Considerando que hay muchas formas en que los ciudadanos pueden expresar sus opiniones sobre temas importantes en la sociedad: ¿participarías de algunos de las siguientes actividades para expresar tu opinión en el futuro?”. Se pone foco específicamente en las siguientes formas de participación: “participar en una marcha pacífica”, “rayar paredes con mensajes de protesta”, “participar en el bloqueo del tráfico” y “ocupar edificios públicos como signo de protesta”. Los jóvenes responden usando la siguiente escala: Seguro lo haré/ probablemente lo haré/ probablemente no lo haré/ seguro no lo haré.

En la tabla 1 podemos ver las respuestas. Un 61% de los jóvenes chilenos participaría en una marcha pacífica, un 40% rayaría paredes con mensajes de protesta, un 31% bloquearía el tráfico y un 28% participaría de la ocupación de un edificio.

Para tener una idea de cuan altos o bajos son estos números es posible observar el informe PNUD: Los tiempos de la politización[1]. En dicho informe se muestra cómo la aprobación a diversas formas de protesta aumentaron entre 2008 y 2012, siendo la aprobación de manifestación en marchas de 57%, la participación en un bloqueo de calles de un 21% y la aprobación de ocupar edificios es de un 15%. Si consideramos la tendencia, las tasas observadas en jóvenes suenan lógicas (PNUD, 2015).

Comparativamente, por un lado, se observa el mismo orden de prioridad en todos los países, primero marchar pacíficamente, segundo rayar paredes, tercero bloquear el tráfico y finalmente ocupar edificios. Por otro lado, podemos observar que los jóvenes en países de América Latina (Colombia, Chile, México, Perú, República Dominicana y Bulgaria, único país de fuera de esta región) participarían en mayor medida en actividades contenciosas que el resto de los países. En este grupo la disposición promedio a participar marchas pacíficas es un 69%, de rayar paredes un 39%, de bloquear el tráfico un 37% y de ocupar un edificio un 34%.

Esta diferencia queda mucho más clara al comparar la región de América Latina con países del norte de Europa y Escandinavia (Dinamarca, Suecia, Finlandia, Holanda, Noruega, Estonia, Renania Norte y Bélgica). En este grupo la disposición promedio a participar marchas pacíficas es un 33%, de rayar paredes un 13%, de bloquear el tráfico un 9% y de ocupar un edificio un 9%.

Siguiendo estas importantes diferencias regionales, ¿qué característica de los países permitiría explicar estas diferencias?

Para responder esta pregunta vamos a usar un sospechoso habitual: la desigualdad socioeconómica. Como hemos visto, a nivel nacional e internacional, la desigualdad ha sido una de las razones principales aludidas para explicar la explosión social en Chile. Y siguiendo esa lógica, sería esperable entonces que en países más desiguales se observen mayores niveles de protesta; aunque evidencia previa en población adulta indica lo opuesto: que la desigualdad deprime la participación (Solt, 2008, 2015).

Como vemos en el gráfico 1, al parecer la desigualdad sí juega un rol en explicar las disposiciones de participación contenciosa de los jóvenes de 14 años. Aquellos que provienen de países más desiguales la disposición a participar en marchas pacíficas, en el rayado de muros, en bloqueos de tráfico y en la ocupación de edificios es claramente mayor. En el otro lado de la historia, jóvenes que viven en países más igualitarios presentan menor disposición a protestar en estas formas.

Por ejemplo, si consideramos un Gini de 0,28 (países más bien igualitarios) la propensión a participar en marchas pacíficas es 41% y en la toma de edificios públicos como protesta es de 14%, mientras que si consideramos un Gini de 0,49 (países desiguales) esta propensión es de 73% en marchas pacíficas y 24% la ocupación de edificios. Treinta y dos puntos de diferencia marchas pacíficas y diez puntos porcentuales más en la ocupación de edificios[2].

Entonces, ¿qué podemos decir de los “más” jóvenes chilenos y su relación con la política? Varias cosas surgen aquí. Una de ellas es que, como ya anticipó el Informe de Desarrollo Humano 2015, los jóvenes presentan una alta politización manifestada en este caso en una su disposición a participar tanto en actividades pacíficas como en actividades más radicales.

Sobre esto es relevante precisar que Chile no es una excepción sino más bien parte de una región del mundo en que los jóvenes muestran mayor disposición a la protesta que en otras partes del mundo desarrollado. Otra es que, contrario a lo que indica la evidencia en población adulta, las condiciones de desigualdad parecen alimentar la disposición a involucrarse activamente en la esfera pública desde edades tempranas. Aunque esto requiere mayor profundización. Así las cosas, tendemos a creer que tendremos que acostumbrarnos a jóvenes dispuestos involucrarse en el espacio público usando diversas tácticas de protesta, con potencial de influencia en la política nacional. Tal vez, disminuir las condiciones de desigualdad podría reconfigurar estas disposiciones, pero eso no es posible afirmarlo aún.

Finalmente, se abren grandes desafíos sobre cómo se produce la socialización política de los jóvenes. Es decir, ¿de qué manera adquieren las disposiciones de participación observadas aquí?, ¿cuáles son los procesos y actores involucrados?, etc. Por un lado, la investigación tiende a focalizarse en jóvenes dentro del sistema escolar, pero ¿qué sabemos sobre los jóvenes fuera del sistema escolar? ¿cuál es la forma en que este grupo desescolarizado se relaciona con la política? Por otro lado, para aquellos jóvenes dentro del sistema ¿cuál será el rol de las escuelas en la formación ciudadana durante y después de este periodo? ¿Qué impacto tendrá la amplia politización de la sociedad en los más jóvenes? Por último, es importante poder analizar de qué forma – más allá de la intención – los jóvenes se han movilizado: ¿hemos visto un aumento de la politización de los/as secundarios/as y jóvenes fuera del sistema escolar durante la última década? Buscaremos ahondar más sobre este cuestionamiento en un próximo escrito, pero sin lugar a dudas estaremos varios años comprendiendo lo que aún ocurre.

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