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[OPINIÓN] Salarios y productividad: a veces el huevo, otras veces la gallina

Por Nicolás Grau
Publicado por Ciper

Hay evidencia histórica sólida de que aumentos en los costos laborales pueden incentivar mejoras en la productividad. Así lo argumenta el autor de esta columna de opinión, que cita el caso de la industrialización inglesa y el despegue de los países nórdicos. ¿Por qué los economistas chilenos suelen ignorar estas evidencias? Sugiere tres motivos. Una mirada estática de los procesos, una pobre formación en historia económica y el peso de la ideología: “Quienes estudian y enseñan economía están en promedio más a la derecha en el espectro político que la población en general”.

¿Qué explica que el capitalismo surgiera en Inglaterra? ¿Por qué el desarrollo excepcional de nuevas tecnologías se dio en ese país y no en Holanda, una nación más próspera pre revolución industrial?

Los académicos de la Universidad de Berkeley S. Cohen y J.B. DeLong señalan en su libro “Concrete Economics” (2016) que la revolución tecnológica se desarrolló primero en Inglaterra porque allí era conveniente, tanto por un precio del carbón excepcionalmente bajo, como también por un nivel de salarios reales excepcionalmente alto[1].

Aunque probablemente el alto costo del trabajo fue en principio una traba para los empresarios (hasta allí suele llegar el análisis estático), en términos dinámicos fue un incentivo eficiente para aumentar la inversión, empujando a los capitalistas ingleses en la búsqueda de nuevas y más eficientes formas de producir. Aquello no necesariamente trajo salarios más altos en el corto plazo, pues era justamente lo que querían evitar, pero sí en el mediano y largo plazo, dada la capacidad de la economía de basar su desarrollo en sectores de alta productividad y dinamismo. La industrialización inglesa, gatillada en parte por el alto costo salarial, fue –luego de décadas y de no poca lucha social- una fuente estable y reproducible de mejores salarios.

¿Fue una excepción a la regla? ¿Aumentar los costos laborales (sin mejorar antes la productividad) tiene como consecuencia el estancamiento de las economías? Al parecer, no. En efecto, el extraordinario desempeño del modelo de desarrollo nórdico contradice –junto con otros ejemplos- la hipótesis de excepcionalidad del éxito inglés, pues también en ese caso las mejoras laborales (reducción de la jornada laboral, entre otras) antecedieron al desarrollo productivo y al sostenido aumento de la productividad[2].

A la luz de estas experiencias, incluida nada menos que el surgimiento del primer caso exitoso en la historia capitalista, sorprende que cada vez que en Chile y otros países se proponen mecanismos que conllevan aumentos salariales (negociación colectiva, salario mínimo, reducción de jornada laboral, por señalar algunos), la mayoría de las y los economistas afirman de forma majadera que caerá la inversión y se estancará el desarrollo, argumentando que los salarios aumentan cuando crece la productividad y que no puede ocurrir una dinámica en el sentido inverso. Según esta visión compartida sobre la relación entre salarios y productividad, a diferencia del dilema del huevo y la gallina, en este caso tendríamos muy claro qué viene primero y qué viene después.

Pero hay algunas destacadas excepciones. En un artículo reciente, el economista y académico de MIT, Daron Acemoglu señala: “…el salario mínimo y la negociación colectiva, a pesar de que a menudo se les culpa de impactar negativamente en el empleo y el espíritu empresarial, pueden ser vitales para fomentar la creación de buenos empleos. Sin un piso mínimo para los salarios, las empresas podrían encontrar beneficioso no desarrollar nuevas tecnologías y llevar a cabo las actividades que mejoran la productividad, en lugar de optar por pagar salarios muy bajos a los trabajadores de baja productividad. Los salarios mínimos, cuando son fijados en niveles moderados, y la presión salarial de una negociación colectiva efectiva, pueden inducir a las empresas a invertir en nuevas tecnologías, y a crear empleos con salarios altos[3].

¿Qué explica entonces que las y los economistas a menudo olviden este mecanismo y la evidencia histórica que lo respalda? No es una pregunta fácil, pero éstas son mis hipótesis:

a) El currículum en el que se basa la enseñanza en economía, tanto de pregrado como de post grado, es sumamente pobre en historia económica[4]. De hecho, probablemente, la mayoría de las y los economistas nunca hayan estudiado por qué Inglaterra ganó la pole position en la carrera capitalista.

b) La visión estática que sólo repara en cómo los aumentos de los costos salariales pueden afectar negativamente la sobrevivencia y decisiones de corto plazo de las empresas, es un enfoque más simple de pensar y de cuantificar. La visión dinámica, aunque también se basa en el análisis de los incentivos, tiene más incertidumbre y es mucho más difícil de cuantificar. Así, mientras la visión estática se puede analizar usando sofisticadas herramientas estadísticas, es muy probable que la visión dinámica sólo se pueda analizar vía estudio de casos y/o historia económica. Aproximaciones que hoy, y equivocadamente a mi parecer, son menospreciadas en nuestra profesión. Así, el sesgo que tenemos como economistas a sólo concentrarnos en lo perfectamente cuantificable nos hace ser peores cientistas sociales.

c) El rol de la ideología. Por una parte, quienes estudian y enseñan economía están en promedio más a la derecha en el espectro político que la población en general (lo que se refuerza por el currículum) y suelen tener un pensamiento más pro mercado, e incluso pro empresarios. Por otra, el mundo empresarial tiene una serie de mecanismos financieros y culturales para lograr que los economistas argumenten a favor de sus intereses.

Obviamente, aunque la evidencia histórica respecto a cómo los aumentos de los costos laborales pueden generar crecimientos en la productividad es sólida, la relación no es mecánica: esos aumentos son un incentivo pro inversión que se debe complementar con otras políticas para que resulte efectivo. Asimismo, invertir más en nuevas tecnologías tampoco asegura mejores salarios y mejores condiciones laborales en el mediano y largo plazo, porque todo depende del tipo de tecnología y de las dinámicas sociales y políticas que determinan la forma en que se distribuya la renta tecnológica[5].

Con todo, una mejor compresión de la dinámica del capitalismo nos ayudaría a las y los economistas a hacer un aporte más sustantivo en el debate de políticas públicas.

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