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[OPINIÓN] Reducción de la jornada laboral y salud mental en Chile

Por Álvaro Jiménez Molina y Antonia Dahuabe Osorio, investigadores del Núcleo Milenio en Desarrollo Social (DESOC)
Publicada en Ciper

Chile es uno de los países donde más horas se trabaja en el mundo. Los autores de esta columna muestran cómo nuestras extensas rutinas laborales y extenuantes tiempos de traslado afectan particularmente la salud mental de mujeres y trabajadores informales, grupos que se caracterizan por tener escaso poder de negociación tanto en sus espacios laborales como en el mundo privado y familiar. En el marco del debate por la reducción de la jornada laboral, el texto aporta al debate estadísticas que llevan la discusión más allá del número de horas -40 o 41- para entender quién y en qué condiciones podría verse beneficiado con una reducción de la jornada de trabajo.

“Hace más de media hora
que estoy sentado al escritorio
con el único fin
de mirarlo”
Fernando Pessoa

Un cansancio anticipado e infinito. No hay mayor tragedia que sentirse esclavo del ritmo de trabajo. Durante las últimas semanas la discusión pública ha girado en torno a la reducción de la jornada laboral. Por un lado, el proyecto de sectores de oposición plantea reducir gradualmente la jornada de 45 a 40 horas semanales, mientras que el gobierno ha propuesto reducirla de 45 a 41 horas promedio, dentro de un nuevo marco de flexibilidad horaria. Más allá de estas diferencias, la propuesta de una reducción en la jornada laboral cuenta con alta aprobación ciudadana, puesto que aborda una dimensión sensible en la vida cotidiana de los chilenos y chilenas.

La reducción de la jornada laboral representa una reforma que puede tener diversos efectos. Sin duda el debate político debe considerar su potencial impacto en términos de productividad, crecimiento económico, costos laborales y desempleo, así como sus consecuencias colaterales sobre las condiciones laborales de grupos más vulnerables, como aquellos que participan del sector informal de la economía. Gran dificultad adquiere el debate al producirse en un marco de incertidumbre, puesto que disponemos de muy pocos estudios al respecto. No obstante, la discusión pública se ha concentrado en la disputa entre gobierno y oposición, perdiendo de vista el objetivo final de la reforma: el bienestar de los trabajadores y trabajadoras chilenas. En este contexto, ha quedado en segundo plano la discusión sobre el potencial incremento en calidad de vida derivado de jornadas laborales más cortas.

Chile presenta una de las jornadas laborales más extensas entre los países de la OCDE (incluso mayor en comparación al momento en que esos países tenían el mismo PIB per cápita y nivel de productividad laboral que Chile) [ver estudio].

En promedio, trabajamos más de 5 semanas adicionales al año que estos países. Además, según los últimos datos del INE, un 21% de los trabajadores y trabajadoras chilenas declaran trabajar por sobre el límite ordinario establecido de 45 horas semanales [ver estudio]. A ello se suma el tiempo de traslado que puede alcanzar hasta tres horas diarias.

Como consecuencia, los trabajadores y trabajadoras chilenas cuentan con escaso tiempo libre para destinar a la recreación o al cuidado de otros. En efecto, el ritmo de la vida laboral contemporánea ha hecho del tiempo un capital valioso. El trabajo es un elemento organizador de la vida, pero los patrones y normas temporales de la sociedad moderna muchas veces entran en contradicción con las condiciones necesarias para el bienestar. Como lo sostiene el sociólogo Hartmut Rosa, la vida moderna se relaciona con una experiencia social de aceleración del tiempo, un proceso cuyos principales vectores son la aceleración tecnológica y del proceso de producción.

La evidencia muestra un desequilibrio entre vida privada y laboral. Desde el año 2015 los problemas de salud mental se han transformado en el principal motivo de permiso laboral. Según un reciente informe del Ministerio de Salud, las licencias médicas por enfermedades mentales aumentaron un 53% entre 2013 y 2018. El desgaste emocional y el agotamiento físico asociados a la carga laboral (burnout), así como el estrés, la ansiedad y la depresión son algunos de los problemas más frecuentes asociados a este aumento de licencias. Dichos estados parecen ser una realidad compartida en aquella forma de vida que el filósofo Byung-Chul Han denomina “sociedad del rendimiento”. La contrapartida inevitable de este marco normativo organizado en torno a la productividad sería una mezcla de fatiga crónica y depresión, malestares propios de una sociedad que sufre por exceso de trabajo. En este contexto, diversos estudios concluyen que largas jornadas laborales tienen efectos adversos sobre la salud, principalmente en la salud mental de las mujeres [ver estudio].

El Estudio Longitudinal Social de Chile (ELSOC) es una encuesta de tipo panel que conduce el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), en conjunto con el Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (MIDAP) y el Núcleo Milenio en Desarrollo Social (DESOC). En su módulo Salud y Bienestar, ELSOC investiga la relación entre la salud mental y las dimensiones del cambio social en el Chile actual, con el propósito de comprender cómo las transformaciones sociales y económicas influyen en el bienestar de la población a lo largo de una década. Las condiciones laborales, en particular la extensión de la jornada laboral y la calidad del trabajo, son un ejemplo de ello.

A partir de ELSOC realizamos un análisis de la prevalencia de síntomas depresivos en trabajadores y trabajadoras chilenas según su jornada laboral semanal promedio (35-40, 40-45 y 45-50 horas a la semana). En primer lugar, los resultados muestran una mayor prevalencia de sintomatología depresiva severa en aquellas personas con jornadas laborales más extensas.

En segundo lugar, los resultados muestran diferencias asociadas al género. Mientras un 2,3% de los hombres que trabajan entre 35 y 40 horas tiene síntomas de depresión moderada-severa y severa, un 6,2% de los que trabajan entre 45 y 50 se encuentran en esta categoría. En las trabajadoras los niveles de sintomatología son aún más altos: un 7,7% de las mujeres que trabajan 35-40 horas se ubican en la categoría más grave, frente a un 12,1% entre quienes trabajan de 45 a 50 horas semanales.

¿Qué podría explicar estas diferencias de género? En general las mujeres tienden a mostrar mayor prevalencia de síntomas depresivos, pero el género puede también desempeñar un papel importante en la forma en que se experimenta el trabajo, ya sea en términos de situación laboral, desigualdad de ingresos o actitudes laborales.

Algunos estudios sugieren que hombres y mujeres perciben y responden de manera diferente a las demandas del trabajo [ver estudio]. En primer lugar, las mujeres suelen tener más responsabilidades familiares y domésticas que los hombres, lo que se traduce en más horas de trabajo fuera de la jornada remunerada. Por lo tanto, las mujeres tienden a tener menos tiempo para descansar. En segundo lugar, las tensiones entre la vida laboral y familiar parecen ser mayores para mujeres, puesto que para ellas trabajar muchas horas tiende a ser castigado socialmente; por lo tanto, puede ser más estresante.

En tercer lugar, las mujeres tienen menos probabilidades de tener control sobre su situación y ritmo de trabajo en comparación a los hombres. En cuarto lugar, las mujeres que trabajan largas jornadas tienden a concentrarse en sectores que generalmente son mal pagados.

Por cierto, cuando hablamos de síntomas depresivos nos referimos a experiencias como el poco interés para realizar actividades cotidianas, sensación de decaimiento, dificultades para conciliar el sueño o desajustes en el apetito, sensación de falta de energía y dificultades para concentrarse, o experimentar un sentimiento constante de fracaso. Como lo afirma el sociólogo Alain Ehrenberg, la depresión es hoy un malestar en el que predomina un sentimiento de insuficiencia: el individuo deprimido es aquel que no se siente a la altura de los ideales y expectativas sociales. En este contexto, el agotamiento no es simplemente un síntoma del exceso de trabajo, sino también la manifestación de una dificultad para encontrar en el trabajo un espacio social de reconocimiento.

Ahora bien, la calidad de vida de los trabajadores y trabajadoras no sólo depende de disponer de mayor tiempo libre, sino también de las condiciones laborales. Existe una relación interdependiente entre cantidad y calidad del trabajo. Algo importante de tener en consideración al momento de discutir la propuesta del gobierno. Si bien tener jornadas más flexibles puede ser una oportunidad para que el empleado o empleada asigne a su beneficio los tiempos de trabajo, en caso de ser el empleador quien concentre el poder de negociación, el trabajador se verá expuesto a mayor incertidumbre e incompatibilidad con sus actividades fuera del empleo. Dicho de otro modo, una mayor flexibilidad que mantenga asimetrías en el poder de negociación para distribuir horarios podría traducirse en un mayor desequilibrio entre la vida laboral y privada, significando un riesgo para la salud mental de los trabajadores y trabajadoras.

Decíamos que es importante considerar los potenciales efectos de la reducción de la jornada laboral sobre el sector informal de la economía. La experiencia de incertidumbre y desprotección que implica el trabajo informal ha demostrado ser un factor de riesgo importantes para la salud mental [ver estudio], puesto que los trabajadores carecen de seguridad social, además de tener menor control sobre sus salarios y condiciones de trabajo. Una diferencia importante en las condiciones de trabajo entre los trabajadores formales e informales está asociada precisamente a la exposición desregulada a largas jornadas laborales de estos últimos. Todo ello puede aumentar el estrés, la ansiedad y el riesgo de presentar síntomas depresivos.

Considerando estos antecedentes, realizamos un análisis de la distribución de síntomas depresivos según tipo de relación laboral. Los resultados muestran que un 17,6% de las personas que han firmado un contrato laboral presentan sintomatología depresiva moderada a severa, mientras que entre los trabajadores y trabajadoras sin contrato (trabajo informal) esta cifra se eleva a 22,2%. ¿Cómo explicar esta diferencia? La informalidad laboral no sólo está asociada a una falta de seguridad social (por ejemplo, menor acceso a la atención en salud), sino también a mayor vulnerabilidad económica, escaso poder de negociación y bajos ingresos. Por lo tanto, se tiende a configurar un círculo vicioso entre informalidad, precariedad laboral y malas condiciones de vida que podrían generar y reproducir las desigualdades en salud entre los trabajadores.

Uno de los principales argumentos para oponerse a la reducción de la jornada laboral está asociado a sus potenciales impactos sobre la productividad. Es importante considerar que jornadas laborales prolongadas pueden tener el efecto paradojal de reducir la productividad e impactar en la economía al afectar la salud mental. Hoy la depresión representa un elevado costo económico para las sociedades, principalmente asociado a las pérdidas en términos de productividad [ver estudio]. Por otro lado, jornadas laborales más cortas pueden promover el descanso y permitir el goce de otras actividades personales, lo que no sólo debiera traducirse en menores niveles de estrés y burnout, sino también en empleados más eficientes y en mejores condiciones para producir. Asimismo, mejores condiciones de salud mental disminuyen el ausentismo laboral y la rotación de personal, traduciéndose en menores costos para las empresas.

Por cierto, las extensas jornadas y la informalidad son sólo algunas de las dimensiones de la experiencia laboral que afectan la salud mental de los trabajadores y trabajadoras de Chile. Esta discusión no puede invisibilizar uno de los principales problemas de nuestro país: los bajos salarios. En Chile, el 54% de los trabajadores y trabajadoras ganas menos de 350 mil pesos líquidos al mes [ver informe de la Fundación SOL]. Si 6 de cada 10 chilenos que trabajan jornada completa no pueden sacar a una familia promedio de la pobreza, difícilmente podrían contar con las condiciones mínimas para el buen vivir. Sin mejores salarios el bienestar de los chilenos y chilenas seguirá obstruido ante la incapacidad para sostenerse a sí mismos y sus familias.

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