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[OPINIÓN] Las múltiples formas de la violencia

Por Monica Gerber
Publicada en Ciper

“Para comprender la violencia física resulta relevante reflexionar sobre las múltiples formas que la violencia puede adoptar. Me refiero a la violencia sistemática, económica o simbólica, así como a los abusos, vulneraciones y desigualdades. Sin ellas, resultará difícil entender el estallido social, así como buscar soluciones al conflicto que no impliquen el aumento exponencial de la represión estatal”. Una columna de opinión de Mónica Gerber para CIPER/Académico.

La historia nos ha mostrado una y otra vez que la violencia es parte integral de las relaciones sociales: las personas usan la violencia para resolver conflictos, intentar cambiar el orden social o controlar a determinados sectores de la población. Chile no es la excepción: durante los últimos tres meses la violencia física ha sido frecuentemente la respuesta tanto de manifestantes como de las fuerzas del orden.

Para comprender esa violencia física resulta relevante partir por reflexionar sobre las múltiples formas que la violencia puede adoptar, la mayoría de las cuales no son necesariamente manifiestas ni requieren del uso de la fuerza física. Me refiero aquí a la violencia sistemática, económica o simbólica, así como a los abusos, vulneraciones y desigualdades, formas de violencia que tienden a ser naturalizadas a pesar de tener efectos sumamente perjudiciales para las personas. Sin atender a estas múltiples formas de violencia, resultará difícil entender el estallido social, así como buscar soluciones al conflicto que no impliquen el aumento exponencial de la represión estatal.

Cuando las personas hablan de violencia frecuentemente se refieren a situaciones en las que la fuerza física es utilizada para dañar a personas u objetos físicos (Aróstegui, 1994; Buffacchi, 2005). Durante las últimas décadas en Chile, la violencia ha sido frecuentemente considerada como un sinónimo de delincuencia y, específicamente, de delitos de mayor connotación social, como los delitos violentos o los delitos contra la propiedad. También han sido tildados de violentos actos de reivindicación de derechos por parte de distintas minorías, frecuentemente minorías étnicas, o los daños generados en contextos de movilizaciones.

La solución propuesta desde distintos gobiernos ha apelado -en mayor o menor medida- a la mano dura y a la represión policial. Desde esta perspectiva, el accionar de las fuerzas del orden es justificado como un “mal necesario” para restaurar un orden social inicialmente dañado por la violencia ejercida por delincuentes, activistas o manifestantes (bajo el lema de “ellos comenzaron”).

En esta misma línea, estos últimos tres meses Chile ha vivido violencias que van desde los grafitis y el destrozo de monumentos hasta saqueos e incendios intencionales de edificios y estaciones de metro. Según datos del Ministerio Público, desde el 18/O más de 22 mil personas han sido detenidas y más de 1.300 han sido imputadas por saqueos, daños e incendios (ver nota de Bío Bío).

La respuesta a esta violencia también ha sido violenta y, nuevamente, justificada en términos del “mal necesario”: la respuesta del gobierno ha ido desde el toque de queda hasta la lesión, ceguera y muerte de manifestantes. Si bien resulta difícil conocer el número exacto de personas que han sufrido daño físico como producto del enfrentamiento con las fuerzas policiales, el INDH reporta que 405 personas han sufrido traumas oculares, 1.624 han sido heridas por disparos con perdigones y 253 personas han sufrido heridas por lacrimógena. A su vez, la misma institución reporta haber presentado más de mil acciones judiciales por torturas y tratos crueles, violencia sexual y uso excesivo de la fuerza (ver informe del Instituto Nacional de Derechos Humanos, 2020).

Desde el Legislativo no se han quedado atrás, aprobando medidas punitivas como el proyecto de Ley Antisaqueos y Antibarricadas, el cual aumenta las sanciones a los desórdenes en la vía pública mediante barricadas, así como a los saqueos y a la alteración del orden. Asimismo, en 45 casos el Gobierno ha invocado la Ley de Seguridad del Estado. La mano dura y la represión del estado, por su parte, han motivado respuestas más violentas por parte de manifestantes y, así, el círculo vicioso se perpetúa.

Pero esta es solamente la mitad de la historia: esta mirada pasa por alto que la violencia no puede ser limitada al uso de la fuerza física (Aróstegui, 1994; Buffacchi, 2005), que una parte importante de la violencia es naturalizada y que, en muchos casos, no es siquiera visible para quienes la sufren (Bourdieu & Wacquant, 1995).

Desde un concepto más amplio de violencia consideramos como violentas todas aquellas situaciones en las que una persona o grupo de personas utilizan su poder -por medio de la fuerza física o de otro recurso- con la intención de dañar a otras personas. El daño no necesariamente es un daño físico -al menos no directamente- sino que puede ser un daño psicológico, económico, entre otros. Un ejemplo de una violencia que va más allá de la agresión física es la violencia sistémica. En palabras de Zizek (2009, p.20) la violencia sistémica corresponde a una “violencia inherente al sistema: no sólo de violencia física directa, sino también de las más sutiles formas de coerción que imponen relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de la violencia”. Así, rápidamente pasamos a considerar que también es violento vivir en un país en el cual algunos grupos son discriminados por ser inmigrantes, mujeres o pobres; en el cual algunas personas tienen menores oportunidades para acceder a salud, educación y hasta a justicia; en el que el abuso – físico o psicológico – es la realidad cotidiana para muchas personas en sus lugares de trabajo o en sus hogares. Es decir, también es violento vivir en un país en el que la dignidad de las personas no es costumbre.

¿Y por qué es importante considerar esta acepción más amplia de la violencia? Primero, por que no resulta posible entender el estallido social si no entendemos primero que estas múltiples formas de violencia han erosionado poco a poco la confianza que los chilenos y las chilenas tienen en que el actual sistema político y económico podrá mejorar la calidad de vida de las personas. En este contexto, las personas ponen en duda la posibilidad de lograr cambios por medios formales y pacíficos, y la violencia emerge como una alternativa desesperada. Segundo, porque resulta imperativo trabajar para reducir estas distintas formas de violencia para solucionar el conflicto (aunque tome décadas). Desde una mirada a medias,  limitada a detener violencia con más violencia, no solamente se hace vista ciega a aquello que está a la base del conflicto, sino que también se apaga el fuego con bencina.

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