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Por Claudia Sanhueza

Publicada en La Tercera

Uno de los argumentos más comunes en el debate de la selección es que “dado que no hay colegios de buena calidad, entonces es justo seleccionar a los mejores y darles a ellos la mejor calidad”. Así, hay quienes identifican “la escasez de calidad” como la principal razón para la selección.

Ahora bien, si la educación de calidad es escasa y uno quiere que sea menos escasa entonces debe hacer algo por mejorarla y ¡sorpresa! La calidad de la educación no mejora con la selección. De hecho, una serie de estudios indican que la selección empeora los aprendizajes de los/as niños/as no seleccionados/as y no mejora los de aquellos/as seleccionados/as (Coryton, Education Journal, Mayo 2018). Más aún, la selección temprana provoca un problema grave de motivación afectando a todos/as los/as estudiantes del sistema, los más motivados y los menos motivados (OECD 2013, What Makes Schools Successful? Resources, Policies and Practices). Y la motivación ha sido identificada como uno de los principales insumos para el aprendizaje y la capacidad de llevar a cabo proyectos en la vida. Por eso, cuando con la “Ley de Inclusión” se avanza en la idea de que los establecimientos, en vez de estar seleccionando a los “mejores”, deban someterse a un régimen cuyo motor es la elección de los padres, se trata justamente de que éstos tuvieran los incentivos correctos, de manera que la calidad de la educación mejore para todos/as. Dado esto, creer que debe haber selección porque hay “escasez de calidad” es tramposo porque lo que hace es limitar las mejoras de la calidad de la educación.

Pero no solamente eso. Los establecimientos educacionales no existen solo para que los niños/as adquieran conocimientos. La escuela no es un capítulo de Black Mirror, no son instalaciones en donde se ponen chips en los cerebros de los niños/as que les entreguen los mayores conocimientos posibles, dada su capacidad. La escuela es una pequeña sociedad. Es el primer espacio público al cual los seres humanos se enfrentan. Aquí se viven experiencias que determinan la vida de las personas, más allá de cuanta matemática se sabe. Se aprende, por ejemplo, a no discriminar (o discriminar), se aprende a debatir y vivir en democracia (o a no debatir), se aprende sobre derechos y deberes (o a ejercer el poder), entre otros. Por esto, la “Ley de Inclusión” avanzó no solamente en sacar una de las principales restricciones para avanzar en calidad, sino que entregó un importante mensaje a la sociedad, en la cual se comience a privilegiar la escuela como espacio de construcción de sociedad no como una fábrica más de la “industria de la educación”.

Ahora bien, superar el sistema educativo de la Edad Media que recibimos de la dictadura por uno para el siglo XXI, necesita de mucho más que la no selección. Ojalá pudiéramos superar pronto este volador de luces para hacer algo que realmente importe en educación.

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