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[OPINIÓN] La marcha del polen

Por Carlos Melendez
Publicada en La Tercera

Durante la última campaña electoral chilena, se acuñó el término “Chilezuela” como la distopía socialista que acarrearía un eventual gobierno de Alejandro Guillier, entonces candidato de una coalición de izquierda. La esperanza del “socialismo del siglo XXI” en Venezuela, se reveló como una nefasta combinación de autoritarismo y crisis económica, generadora de una diáspora transcontinental que expone, en su éxodo, las miserias del fracaso chavista. Palpable en el día a día de los países vecinos, la crisis venezolana cataliza los peores temores asociados a dicho modelo sociopolítico y gatilla reflejos primarios que dan pie a la xenofobia e intolerancia. Miedos que cunden como el polen en primavera en contextos de desafección política, cuando es más fácil despertar odios viscerales que conquistar las mentes y los corazones de los electores.

Mauricio Macri lo sabe. El fin de semana refirió una suerte de “Argenzuela” como el dramático escenario a acaecer, de no ser reelegido presidente. Y no está solo en su “temor”. Jair Bolsonaro dijo al Clarín que no desea que “Argentina siga la línea de Venezuela”, refiriéndose a un posible gobierno patrocinado por Cristina Kirchner. La “amenaza chavista”, empero, fue empleada por primera vez en el 2006 por Alan García, durante la campaña electoral contra Ollanta Humala. Con distinto nombre (“castrochavismo” en Colombia), una y otra vez, candidaturas democráticas de derecha azuzan resquemores asociándolos al desastroso desempeño del régimen bolivariano. Una vieja fórmula de reminiscencias totalitarias: el pavor a un “mal mayor” como aglutinador político.

Valorizado negativamente a nivel internacional, el chavismo lacera a sus pares de izquierda. La vergonzante resistencia de actores progresistas a distanciarse de ese referente (asimismo ligado al cubano, profundamente autoritario y presuntamente activo en la gestión madurista), permite a la derecha continuar capitalizando el “temor”.

De hecho, el Presidente Piñera logró posicionar su política internacional en beneficio de la pugna interna. Su protagonismo en el reconocimiento de Juan Guaidó como jefe del Estado venezolano y el rol activo de la cancillería chilena en foros como el Grupo de Lima, impactaron en lo doméstico. Piñera aspira a liderar, desde la derecha, la defensa de los derechos humanos, compitiéndole esta bandera al progresismo local. Aunque, nuevas restricciones para los inmigrantes venezolanos -con el drama respectivo en la frontera Perú-Chile- y el informe de Michelle Bachelet sobre Venezuela, impiden al mandatario monopolizar la agenda.

A la derecha le ha costado históricamente comprometerse con políticas de acogida de inmigrantes, integración y respeto a las minorías. Agendas que traspasan el acotado ámbito de los cálculos políticos domésticos, por su pertenencia a la esfera de los valores y los derechos fundamentales. Estos últimos, no obstante, interpelan por igual a diestra y siniestra. Corto es el provecho de la derecha en el uso del temor, y también el de la izquierda en su indeterminación crítica.

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