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[OPINIÓN] El monólogo del crecimiento económico: una confusión conveniente

Por Nicolás Grau
Publicado en Palabra Pública

En momentos en que en Chile se debate la reducción de la jornada laboral a 40 horas, es crucial buscar formas más razonables y menos sesgadas de medir el desarrollo económico, más cercanas al desarrollo humano. Para poner límites a la lógica capitalista se necesitan decisiones políticas: así ha ocurrido en países europeos, donde se ha logrado que una parte significativa de la expansión productiva redunde en más tiempo libre.

A pesar de lo que podría pensar una persona ajena a nuestra disciplina, las y los economistas sí consideramos el tiempo libre como una variable importante de bienestar. De hecho, la mayoría de nuestros modelos macro —los que están diseñados para capturar las decisiones más sustantivas de los individuos en la sociedad y así analizar las dinámicas de crecimiento— consideran que el total de horas no trabajadas es uno de los elementos que da bienestar a las personas. Incluir el tiempo libre como un bien preciado en las preferencias de los individuos tiene muy buenas justificaciones normativas y positivas.

Lo anterior implica que cuando las y los economistas hacemos análisis de bienestar a partir de nuestros modelos macro, el tiempo libre sí es un factor. Y, por ende, no consideramos igualmente desarrolladas dos sociedades con PIB parecido, distribuido de forma similar, pero donde en una se trabaja más que en la otra. La paradoja es que nuestras medidas más utilizadas para el desarrollo económico suelen olvidar esta dimensión, haciendo equivalente el crecimiento del PIB con el desarrollo económico.

Desconozco cómo llegamos a esta confusión. Pero en defensa de nuestra profesión, y en atención a lo señalado en el primer párrafo, creo que es justo señalar que el problema no tiene necesariamente que ver con el foco de la disciplina económica. En cambio, parece haber una disociación entre cómo hacemos nuestra ciencia social y los instrumentos concretos que utilizamos para medir cómo progresan las sociedades.

Vale la pena notar que esta confusión sesga positivamente la valoración normativa de la sociedad capitalista y de sus variantes más extremas, como la chilena. A saber, las sociedades capitalistas tienen una capacidad sin precedentes en la historia de la humanidad de expandir la capacidad de producción de bienes y servicios. Si pensamos en dos extremos, tal expansión de la productividad podría ser aprovechada para trabajar menos (y producir/consumir más o menos lo mismo) o para producir/consumir más (y trabajar más o menos lo mismo). Pues bien, la lógica interna del desarrollo capitalista requiere que su expansión productiva redunde principalmente en aumentos de la producción y consumo, y no en mayor tiempo libre.

El mecanismo tiene los siguientes componentes: primero, los capitalistas, en su afán de lograr el máximo nivel de utilidades, buscan desarrollar nuevas y más eficientes formas de producción. Segundo, quienes logran hacer estos progresos en productividad requieren rentabilizar su inversión vendiendo lo máximo que puedan de su producto, ya que no les sirve (o les sirve menos) vender lo mismo que antes, pero produciendo de forma más eficiente. Tercero, lo anterior requiere desarrollar en los potenciales consumidores un interés cada vez mayor de consumir más y nuevas cosas (basta con ver los avisos comerciales), obligando a esos consumidores, por lo tanto, a no bajar sus horas trabajadas para sostener el ritmo de consumo. Si algo se corta en esta cadena, el motor de la expansión productiva capitalista se pone en riesgo.

El análisis anterior tiene un alto nivel de abstracción, pues obviamente hay variantes del capitalismo donde se trabaja más (Estados Unidos) y otros donde se trabaja menos (Europa), pero eso no pone en cuestión —como se apunta en el párrafo anterior— que la lógica de la dinámica capitalista que explica sus sucesivas revoluciones productivas sea también la que explica su sesgo anti-tiempo libre. Son decisiones políticas, que conscientemente ponen límites a esa lógica capitalista, las que han permitido en el caso europeo lograr que una parte más significativa de esta expansión productiva redunde en más tiempo libre.

Dicho lo anterior, me permito una digresión metodológica. El hecho de que esta forma de medir el desarrollo económico beneficie la valoración normativa del capitalismo no es razón suficiente para pensar que es su funcionalidad al capitalismo lo que explica su existencia. Pensar de esa manera es, en mi opinión, una forma muy peligrosa de hacer ciencia social (y también de hacer análisis político).

Con todo, me parece que es crucial buscar formas más razonables y menos sesgadas de medir el desarrollo económico, más cercanas al desarrollo humano. Acá sólo he puesto el acento en una de las dimensiones olvidadas, pero hay muchas otras, como las vinculadas al medioambiente, al trabajo reproductivo o a la salud de los individuos. Y no es que tengamos que partir de cero, ya que hay abundante desarrollo conceptual en la economía y en otras disciplinas. Sin ir más lejos, los avances importantes que hemos hecho en Chile en la medición de la pobreza, pasando de una medida basada en ingresos a una multifactorial (con enfoque de capacidades), son un claro signo de que es posible medir distinto el desarrollo económico.

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