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Por Alfredo Joignant
Publicado en La Segunda

La irrupción del covid-19 ha provocado un intenso debate político entre varios de los más importantes intelectuales mundiales: desde los efectos tóxicamente duraderos de los “Estados de emergencia” tan en boga por estos días (Agamben) hasta el júbilo por el “golpe tipo Kill-Bill al capitalismo” de Zizêk (así fue el título de su columna), pasando por el “cauto optimismo” de Garton Ash respecto del desempeño de las democracias. Las referencias a grandes intelectuales que se han sentido obligados a intervenir es prueba de que la crisis desatada es mucho más que viral: es civilizacional.

En una tribuna muy ambigua publicada por el diario El País, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han roza el elogio a la solución china a la pandemia, basada en las restricciones a las libertades personales que se ha alimentado de las posibilidades de control que proporciona el Big Data: desde los hábitos de desplazamiento hasta la temperatura corporal. La ambigüedad radica en que la contención de la pandemia, o si se quiere la provisión estatal de seguridad, se paga al precio fuerte de la confiscación de la libertad personal y de lo que en Occidente entendemos como parte de la soberanía individual.

Las democracias han sido objetivamente menos exitosas: exceptuando las estrategias de control coercitivamente preventivo en Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur (con una cultura jerárquica y deferente ante la autoridad), Europa occidental ha palidecido en eficacia. El dilema es muy agudo, ya que el auge de las democracias “iliberales” en el Viejo Continente (la llegada al poder de líderes autoritarios a partir de las reglas del juego democrático para en seguida jaquearlas de diversos modos —control de los tribunales superiores de justicia mediante el nombramiento de jueces afines, amordazamiento de la prensa libre mediante persecución solapada a los periodistas, etc.—) bien pudiese ser una mala copia de la solución china, pero copia al fin. La amenaza ya no es solo el virus, sino la condición política posviral: la posibilidad de que las democracias se degraden a tal punto que sus libertades constitutivas pasen a ser elementos auxiliares ante una definición sanitaria —y el día de mañana de cualquier otra naturaleza, según la amenaza de turno— del bien común o del interés general. Esto es lo que explica el pánico de Agamben ante la normalización de los Estados de excepción.

Estos debates llegarán inevitablemente a los países del sur, y habrá que tomarlos en serio. Son demasiadas cosas en juego, en un contexto además de cuestionamiento profundo del orden mundial liberal. Las izquierdas deben tomar nota de estas disputas: regocijarse ante la agonía del neoliberalismo es una mala idea, ya que esa agonía no es la del capitalismo, sino la de una de sus formas posibles de organización. En este escenario, la socialdemocracia necesita reinventarse, intelectual y políticamente.

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