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Por Gloria Jiménez y Jorge Manzi

Publicado en La Tercera

Hoy un Chile atónito empieza a levantarse tras unos días en los que se ha hecho visible lo que para muchas personas era invisible. Es inevitable y más que necesario intentar entender qué nos ha llevado a esto y, sobre todo, qué podemos hacer para encauzar este conflicto hacia un sociedad igualitaria y empática. De nuevo las y los estudiantes más jóvenes fueron los primeros que pudieron y supieron manifestar su descontento.

De forma pacífica, pero con mucha determinación. Como ya lo han hecho más de una vez, consiguiendo cambios históricos que ayudaron a construir un país más solidario. Hoy nos preguntamos qué pasó en tan corto espacio de tiempo para que tan solo en unas horas Santiago se transformara en una ciudad en caos.

Sabemos que las protestas son dinámicas, los protagonistas cambian, y se van generando nuevos contextos y relaciones entre las personas y los grupos enfrentados. Las formas de expresión mutan, y lo que era inaceptable, pasa un momento después a ser una estrategia legítima y necesaria, validada por quienes protestan. Así, la desobediencia civil y la evasión se fueron convirtiendo en barricadas, agresividad, rabia y furia. Es extremadamente fácil hacer juicios de valor y tachar de vandalismo las acciones violentas. Si nos quedamos anclados en estos juicios morales (que además en muchas ocasiones surgen desde posiciones privilegiadas), habremos fracasado. ¿Qué lleva a un ciudadano a descargar tanto odio contra los demás, contra lo que es de todos y todas? Si queremos avanzar, debemos comprender.

Para que la ciudadanía se manifieste es necesario que se perciba la situación como inmerecida, injusta para los que experimentan la desigualdad; pero también debe percibirse que el desbalance de poder es inestable en el tiempo, es decir, las calles se toman cuando se cree que el problema tiene solución, y que no va a durar para siempre. Además, no podemos obviar otro factor determinante, la creencia de que la protesta será eficaz, será útil para conseguir un propósito, sea cual sea éste. Ahí surgen las marchas, los paros, y otras estrategias para alzar la voz y confiar en el cambio social. Cuando las personas creen que pueden hacer algo que tendrá un impacto. Por eso los y las ciudadanas votan, por eso expresan su malestar a través de estrategias que están dentro de la legalidad, que son aceptadas en nuestra sociedad, que no alteran el orden público. La violencia y la radicalización afloran precisamente, cuando las personas sienten que estos caminos más tradicionales para hacerse oír simplemente han dejado de funcionar, que no son útiles. Cuando se cree que expresarse, respetando las normas, no es eficaz para conseguir algún objetivo. Que no se conseguirá el cambio esperado. En este contexto, surge la desesperanza y la sensación de que ya no hay nada que perder. Para algunas personas, la situación es ya tan negativa y desalentadora, que nada de lo que se haga va a poder empeorarla, porque ya no puede ser peor. Entonces, cualquier acto, por radical y violento que sea, se convierte en una opción viable. Porque las personas que llevan a cabo estas acciones extremas probablemente sienten que las acciones pacíficas no son útiles, y que ya no tienen nada que perder.

A lo largo de la historia podemos encontrar ejemplos en que los grupos más desaventajados han legitimado y aceptado su situación desigual, en un intento por justificar y tratar de darle sentido a la asimetría de recursos y de oportunidades. Es más tranquilizador culpabilizarse y asumir, que vivir en la incertidumbre de no entender el porqué de las cosas. Sin embargo, ya no hay cabida para esta justificación y normalización del desequilibrio social.
Este modelo de sociedad con esta marcada asimetría es insostenible por más tiempo. Los que menos tienen, ya no se conforman. Despertaron e hicieron despertar repentinamente a la clase política, a la sociedad civil, y a aquellas personas que tienen innumerables privilegios que parecen ser invisibles para ellas mismas. Sin duda, responder con violencia, genera aún más violencia. Y otras respuestas más profundas se hacen necesarias.

Es tiempo de comprensión, empatía, humildad, reflexión. Las autoridades políticas tienen lógicamente un rol determinante, pero la sociedad no solo se construye de arriba hacia abajo. La sociedad somos todos y todas. Ante un descontento social tan mayúsculo, ante una desigualdad tan desorbitante, en tantas y tantas dimensiones, cada ciudadano y ciudadana debe posicionarse. Sabemos que la solidaridad con otras personas es un factor importante que podría mover a los grupos sociales con más privilegios a empatizar con otros estratos sociales. Quizás ése es el camino, promover una empatía y solidaridad honestas y reflexivas entre los que gozan de más oportunidades; que lleve a visibilizar los privilegios que tienen y que han recibido de forma injusta, porque la meritocracia se queda muy corta para explicar un acceso a recursos tan desigual.

La igualdad pasa por renunciar a privilegios. Por ayudar a otros, pero desde una dimensión horizontal, rehuyendo una relación asistencialista y paternalista, que no lleve más que a mantener la jerarquía social actual. Nadie pudo predecir esta explosión, lo que muestra que hemos normalizado e invisibilizado la desigualdad que vivimos, y es momento de transparentarla de una vez por todas.

En momentos como éste, en el que el miedo y la desconfianza nos invaden, es en cierta forma esperanzador ver cómo ciertos elementos aparecen como símbolos en todas las partes del conflicto. La bandera del país está constantemente presente. Las autoridades políticas hablan con ella a sus espaldas, los que protestan las llevan en sus manos, y también ondea en los cacerolazos de los sectores más acomodados. Será que todavía hay algo en común, que podemos utilizar para construir una sociedad igualitaria y justa, en la que todas las personas perciban que sí hay mucho que perder.

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