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[OPINIÓN] Constituyente sin partidos

Por Carlos Meléndez
Publicado en La Tercera

Con la convocatoria a un proceso constituyente, Chile se encamina a la construcción de un nuevo pacto social. Es una buena noticia, porque da la oportunidad de legitimar un renovado orden institucional (político y económico) y reemplazar el actual, caducado ante la enorme insatisfacción social acumulada en los últimos años. Sin embargo, mientras que en otros casos de la región (mayoritariamente, los socialismos del siglo XXI) los procesos refundacionales siguieron la estela de proyectos políticos socialmente enraizados -quizás tan programáticos como personalistas-, la constituyente chilena carece, por ahora, de interlocutores partidarios legítimos. Mala noticia.

La mayoría de chilenos no posee una identidad partidaria positiva. En una investigación realizada a partir de la Encuesta UDP en el 2015, se encontró que solo un 8% de consultados se identificaba con la Nueva Mayoría y un 5% con la Alianza (marcas coalicionales vigentes por entonces). El grueso de la población clasificó como portadores de “identidades negativas”: un 22% rechazaba sistemáticamente a la coalición de centroizquierda y un 26% a la de centroderecha. El estudio también distinguía dos grupos adicionales: aquellos que portaban una doble identidad negativa y quienes carecían de identidades partidarias positivas o negativas. Los primeros, los “antiduopolio”, alcanzaron el 13%; los segundos, desprovistos de identidad positiva o negativa, constituían el grupo más grueso, el 39%.

Tiendo a creer que en los últimos cuatro años han aumentado los portadores de identidades negativas, lo cual es un gran condicionante para el proceso constituyente. Porque si bien es cierto que las demandas sociales movilizadas inclinan el sentido común hacia la izquierda del espectro ideológico, la debilidad de los organismos intermedios respectivo (desde los ex Nueva Mayoría hasta el Frente Amplio, sus “hijos políticos”) deja al malestar premórbido sin traductores. (Me da la impresión que incluso la derecha opuesta al proceso, va a reemplazar su opción partidaria pro-establisment, por una de carácter populista mano-dura. Un decepcionado elector de Piñera es un potencial votante de J.A. Kast).

Por otro lado, no todas las demandas (a incluir en el nuevo pacto social) muestran signo programático, sino que se sustentan en identidades de grupos sociales estructuralmente marginados (desde minorías étnicas y sexuales, hasta inmigrantes). Esto complejiza aún más la ecuación de la representación partidaria, al menos, para el horizonte de los próximos dos años. Así el reto es doble. ¿Cómo un chileno promedio, insatisfecho con la oferta política, lleva su voz al nuevo diseño institucional? ¿Cómo un chileno excluido estructuralmente, incluso de la “sociedad civil organizada”, participará de este proceso?

Si bien el tejido social chileno permite articulaciones tan espontáneas como parciales (como reflejan los cabildos abiertos), la ausencia de partidos legítimos socialmente resta optimismo al proceso constituyente.

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