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[DIVULGACIÓN] “No soy pobre, soy de clase media” discursos sobre el endeudamiento y la identidad de clase social

En este estudio, Alejandro Marambio, investigador adjunto COES y académico de la Universidad Católica del Maule, da cuenta de cómo el uso extendido y frecuente del crédito ha generado un discurso particular de movilidad social en familias de bajos ingresos. En este grupo, el crédito ha pasado a ser un activo para mejorar la posición social y su uso una práctica doméstica. Para la identificación de estas narrativas entrevistó a personas de 46 hogares de clase trabajadora postindustrial y emprendedores precarios. Los resultados de esta investigación forman parte de su tesis doctoral, y se encuentran disponibles en el artículo “Narratives of Social Mobility in the Post-Industrial Working Class and the Use of Credit in Chilean Households”, publicado en Revue de la Régulation-Capitalisme, institutions, pouvoirs.

Según el Banco Central de Chile, la relación entre los pagos mensuales de la deuda y el ingreso mensual disponible aumentó desde el 37,6% en 2003 al 63,5% en 2016. Si bien los bancos concentran el 70% del volumen de deuda, donde el 80% corresponde a préstamos hipotecarios, comparten el mercado de la deuda del consumidor con minoristas financieros, a saber: supermercados, grandes almacenes y farmacias, es decir, los principales holdings del retail, siendo quienes tienen la mayor cantidad de familias endeudadas en Chile. Estos grupos fueron los que, durante la década de los 90, impulsaron en mayor medida el acceso al crédito a los hogares de medianos y bajos ingresos, estratos que no habían sido de interés comercial para los bancos. Como lo señala la literatura, estos prestamistas están dispuestos a hacer una relación comercial y financiera a largo plazo con estos hogares, bajo el supuesto que una parte de sus clientes no pagará dentro del plazo.

Para el sociólogo, la particularidad del mercado en Chile es que, además de estar dominado por los actores del retail, se da algo bastante particular en el mundo, ya que “existe una multiplicidad de créditos. No se trata aquí de endeudamiento fundado en la hipoteca, sino en la financiarización del hogar, desde proveer cosas de subsistencia hasta cosas más triviales como las vacaciones”. Con el tiempo, los grandes almacenes ya no solo ofrecen la venta de sus productos, sino que también créditos, avances y seguros; y al estar menos regulados que los bancos, pueden dirigirse a sectores más riesgosos, en específico, a aquellos grupos de moderados y bajos ingresos.

Las tarjetas de crédito, por su parte, se volvieron más rentables que las ventas minoristas para el retail. De manera que estos grupos combinan prácticas de consumo con prácticas prestamistas para incentivar el uso de la tarjeta de crédito de la tienda que ofrece beneficios y precios más bajos. Sin embargo, para acceder a estos beneficios, generalmente, se establece una compra en cuotas de manera obligatoria donde el costo del crédito supera los eventuales beneficios de acceso por uso de la tarjeta de la tienda. “Las tarjetas permiten a las tiendas cultivar un tipo de relación más rentable con sus clientes. Más allá del momento de la compra y el esquema de compra en cuotas, esta relación de ´membresía de la tarjeta´ permite a los minoristas ofrecer servicios adicionales no financieros (por ejemplo, bodas, vacaciones) y financieros (desempleo, seguro de vida y salud, así como préstamos para automóviles, mejoramiento del hogar, entre otros)”, señala el artículo. En este sentido, Marambio agrega que siempre hay un margen a favor del prestamista, ya sea en base a intereses, comisiones o eventuales multas: “es el costo de la financiarización de la vida diaria”, explica.

En este estudio, el investigador entrevistó a personas de 46 hogares de Santiago y Copiapó. Por un lado, se enfocó en personas pertenecientes a la clase trabajadora postindustrial, conformada por trabajadores del retail y de servicios de baja productividad. Es decir, vendedores, empleados, cajeros y trabajadores de transportes, quienes generalmente trabajan de lunes a domingo con turnos extendidos y suelen ganar el salario mínimo más una comisión por ventas. Por otro lado, entrevistó a emprendedores precarios, usuarios del Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS), que trabajan de manera independiente. A partir de las entrevistas pudo recopilar información sobre las prácticas, evaluaciones morales, justificaciones y significados del crédito y el endeudamiento en la vida cotidiana de estos hogares. Para construir las micro-narrativas y las narrativas de identidad, se basó en cómo los entrevistados comprenden y evalúan su realidad social y contexto económico.

Los resultados de esta investigación indican que las personas, tanto aquellas que pertenecen a la clase trabajadora postindustrial como los emprendedores precarios, tienen la mayor parte de sus créditos y recursos de apalancamiento en instituciones financieras del retail. Para ellos, el endeudamiento surge como una estrategia para mejorar situaciones o evitar daños, lo que interpretan como movilidad social o, al menos, una forma de prevenir una movilidad descendente. Así, el crédito es visto como algo “sensato”, que sirve de activo social para las familias. Tal como se explicita en el artículo, “todos están de acuerdo en que el crédito es una herramienta necesaria y ordinaria para organizar sus vidas económicas. Diferentes momentos en su ‘trayectoria de deuda’ han ayudado a normalizar el crédito, especialmente la forma en que lidiaron con sus ‘desastres de deuda’. Después de todo, el crédito es un recurso incluso menos escaso que los mismos ingresos, ya que es relativamente más sencillo acceder a un crédito que una mejora en los ingresos. De hecho, es visto paradojalmente como un activo, y así es como las familias de bajos ingresos tienden a abordarlo”.

Según Marambio, la clase trabajadora postindustrial resignifica el crédito como una herramienta para la movilidad social, ya que percibe un gran ascenso social en retrospectiva a lo que vivieron con sus padres, como lo indica un entrevistado: “en el pasado, si no teníamos el dinero para comprar algo, nuestros padres nos decían que lo olvidáramos y nosotros seguíamos adelante. Ahora, tenemos créditos para poder tener y hacer cosas”. Esta especie de narrativa de movilidad social se ve reforzada con una alta identificación con la clase media, aun cuando se trata de familias que están apenas sobre la pobreza, en términos de ingreso. Ahora bien, lo interesante es que no le suelen atribuir valor a la educación -a pesar de haber completado mayor escolaridad que sus padres- ni al trabajo -a partir de mejores ingresos-, sino al crédito. “Ellos dicen `si no soy pobre, soy de clase media; sino, sería rico y no necesitaría, o sino sería subsidiado, de la clase focalizada: los pobres`. La deuda es una especie de comprobación externa de que ‘estoy’ en la clase media. La clase media para estos hogares es sinónimo de estar endeudada”. Otra característica que comparten es que: “están constantemente usando créditos, es parte de su cotidianidad. Terminan un crédito y empiezan otro, y, en paralelo, van con otros tipos de dispositivos, como avances (…) pero para ellos crédito no es sinónimo de deuda, sino cosas distintas”.

Por último, el autor señala que el problema del endeudamiento basado en créditos es más bien estructural, y al final es la desigual distribución en el ingreso la que provoca el desborde. No es el crédito en sí mismo, sino el sistema del crédito, que si bien se ha ido regulando en el tiempo aún queda mucho por avanzar. “El crédito no es unívocamente malo, no es que haya que prohibirlo. Lo que se podría hacer, es más bien promover la creación de sistemas de financiamiento alternativos a los bancos, como las cooperativas de créditos ‘reales’, el crowdfunding, sistemas de banca ética, compras colectivas y otras instancias de heterogeneidad económica que, por lo pronto, son más comunes de encontrar como iniciativas a nivel local antes que como políticas o estrategias a nivel nacional”.

Marambio, A. (2018). Narratives of Social Mobility in the Post-Industrial Working Class and the Use of Credit in Chilean Households. Revue de la régulation, 22:1-18. Disponible con DOI: 10.4000/regulation.12512

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