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Publicado por la Pontificia Universidad Católica de Chile

Experto en movimientos sociales, el académico y director del Instituto de Sociología ha publicado una serie de artículos sobre el 18-O en revistas académicas, periódicos e investigaciones. El último de ellos hace apenas unos meses en «Social Identities: Journal for the Study of Race, Nation and Culture».

El estallido social no le fue indiferente a Nicolás Somma. Experto en movimientos sociales, ha publicado media docena de artículos en torno a este hito, ya sea como autor o coautor en diversas plataformas. El último de ellos: “Fuentes de poder y el estallido de octubre de 2019 en Chile” aparecido en abril en Social Identities: Journal for the Study of Race, Nation and Culture. En él, el académico del Instituto de Sociología repasa y complementa uno de los aportes de su par británico Michael Mann, quien observó cuatro fuentes de poder social que movilizan a las sociedades a lo largo de la historia humana: ideológico, el económico, el militar y el político.

“Me interesaba ver el estallido a través de estas categorías, pero me di cuenta que había más cosas pasando. Además de estas fuentes de poder, aparecían en el estallido otras dos que Michael Mann no conceptualiza explícitamente: el afectivo y disruptivo”, sostiene Somma, sociólogo de la Universidad de la República Oriental de Uruguay, y doctor en Sociología por la Universidad de Notre Dame, en Estados Unidos. “El estallido chileno se puede concebir como una combinación de poder afectivo y disruptivo, esto último en el sentido más evidente de que supuso una combinación de tácticas de protestas de todo tipo, de una masividad increíble”.

En la actualidad, el académico no solo es profesor del Instituto de Sociología desde 2009, y su director desde 2020, sino también miembro del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES). En este último, existe un observatorio de conflictos que mide, a partir de información de prensa, la cantidad y características de las protestas.

“Uno ve que el salto de protestas con el estallido es impresionante. Muy superior incluso a lo que pasó con el movimiento estudiantil en 2011 y también a la proporción de acciones violentas, incluyendo la violencia policial”.

-¿Es posible decir que estas nuevas fuentes de poder –afectivo y disruptivo—llegaron para convertirse en fuentes legítimas de poder?
“Hay un concepto que me gusta mucho, que es el de la sociedad de los movimientos sociales de Sidney Tarrow, el cual dice que la protesta hoy en día es una nueva forma de acción política, frecuente, legitimada, usada por grupos muy diversos. Es un recurso sin el cual sería difícil explicar muchos cambios legislativos”.

“Uno ve que el salto de protestas con el estallido es impresionante. Muy superior incluso a lo que pasó con el movimiento estudiantil en 2011 y también a la proporción de acciones violentas, incluyendo la violencia policial” – Nicolás Somma, académico del Instituto de Sociología.

-Sin embargo, uno de los grandes ingredientes que tuvo el estallido fue la violencia. ¿Cómo se puede explicar a cabalidad esto con lo que usted dice? 
“El estallido social fue más que esta protesta normalizada. Es cierto que la marcha del 25 de octubre, la del millón 200 mil personas, tuvo mucho de protesta pacífica, pero el estallido también tuvo vandalismo, saqueos, enfrentamiento entre policías y manifestantes, represión, la primera línea, etc. Una protesta violenta y quizás abiertamente anti sistémica, y una respuesta policial brutal y desmedida, más propia de una dictadura. Pero tampoco es un fenómeno exclusivo de Chile. Muchos países de Latinoamérica de vez en cuando experimentan estallidos sociales de este tipo. Por ejemplo: el de Argentina en 2001, el de Venezuela en 1989 o, más recientemente, el de Colombia. Y también en el norte desarrollado, con Francia o EE. UU. con sus protestas raciales”.

“Hablando sobre el fenómeno del poder afectivo, éste se divide en el poder afectivo horizontal, que deriva del poder que tienen sobre nosotros otras personas con las que tenemos vínculos fuertes. Son relaciones de confianza personalizada, intensa (amigos, familiares, etc.). Pero también hay un poder afectivo vertical derivado de aquellas personas que no conocemos personalmente pero que forman parte de alguna élite (política, económica, cultural, religiosa), y que reconocemos con cierta reverencia e influyen sobre nosotros en virtud de esos afectos; héroes o heroínas nacionales, personas que pueden estar muertas quizás y por quienes alguna vez sentimos algo fuerte que nos mueve. Chile no tiene una tradición populista como la tiene Argentina, donde hay un Perón o un Maradona o los Kirchner. Chile y Uruguay son afectivamente más moderados en este sentido”.

“Con el estallido hubo dos tipos de poder afectivo: uno positivo y otro negativo. El negativo es el que la gente venía sintiendo hacia las elites, y que se acrecentó (ahí está el 6% de aprobación del Presidente Piñera en su momento, que fue un récord histórico, y que quizás después de lo de Dominga baja todavía más). Eventualmente esto puede revertirse: puede pasar que surgen figuras novedosas que reencantan a la gente y propician vínculos verticales basados en afectos positivos. Pero acá no pasó tanto como se hubiera esperado».

«Muchos países de Latinoamérica de vez en cuando experimentan estallidos sociales de este tipo. Por ejemplo: el de Argentina en 2001, el de Venezuela en 1989 o, más recientemente, el de Colombia. Y también en el norte desarrollado, con Francia o EE. UU. con sus protestas raciales” – Nicolás Somma, académico del Instituto de Sociología.

«Yo en su momento pensé que con el estallido social iban a aparecer figuras que podrían canalizar de forma positiva lo que estaba pasando. Y eso no pasó, al menos no masivamente. En la Convención no veo ninguna figura carismática que esté apareciendo como emblema del recambio. Y casos como el de Rojas Vade cerraron esta posibilidad momentáneamente. No hay lo que para algunos fue un Frei Montalva o un Salvador Allende, o para otros un Augusto Pinochet. No hay figuras de esa estatura – o lo que pudo haber sido un Ricardo Lagos hace unos años”.

-Uno podría pensar que Elisa Loncon, la actual presidenta de la Convención, podría representar aquello. Fue elegida incluso como una de las líderes del mundo, según la Revista Time.
“Sí, pero no me fiaría mucho de los rankings de las revistas, que buscan más bien producir ganchos en la audiencia. ¿Trascenderá Elisa Loncon como un liderazgo más allá de la Convención que aglutine a sectores diversos de la población? No lo sé. Ojo, que el trabajo de Loncon, Bassa, y de la Convención va a ser sumamente valioso y va a tener un impacto que trascienda el carisma de cualquier figura individual. Y ese impacto va a operar a través del poder político-institucional, más que el afectivo. Pero, en términos afectivos, el peso simbólico de tener una constitución hecha en democracia no va a ser menor si finalmente se aprueba”.

-¿A qué atribuye el que no existan estas figuras carismáticas?
“En general, las sociedades del siglo XXI relativamente modernas, secularizadas y democráticas como Chile, hacen un gran trabajo por desacralizar las figuras públicas. Son sociedades muy complejas, con pretensiones de horizontalidad muy fuertes, y en donde de alguna manera está mal visto que alguien tenga más galones que otra persona, por más que tenga más dinero, poder o credenciales académicas. Pensemos en el episodio del presidente de Gasco, Matías Pérez Cruz, hace un par de años: lo que hizo esa persona fue muy rechazado más allá de si era el propietario legal de esa tierra o si era abogado o no. No podría tratar así a otras personas. Hay una tendencia a socavar a las personas que están, o quieren estar, en las alturas. Por eso no estoy de acuerdo con la idea de que vivimos en una “sociedad de castas”. En las sociedades de castas reales, como la India hasta hace no mucho o el Japón medieval, la conflictividad era muy limitada porque las castas legitimaban a los personajes como Pérez Cruz. Pero en el siglo XXI, donde se difunde la información horizontalmente – y donde se cuelan las fake news– es muy difícil tener ese estatus sacro o semidivino. Por eso Sebastián Sichel pudo haber derrotado a Lavín hace unos meses triunfalmente, pero hoy la gente lo critica porque confesó que había sacado el 10% de su fondo de AFP”.

El estallido y las ilusiones

-¿Cuánto del  poder afectivo está en juego con la Convención o con la eventual nueva Constitución?
“El poder afectivo que no está circunscrito a los vínculos cercanos, es muy voluble, muy volátil. Eso hace que la figura que pueda surgir o evocar afectos positivos esté muy expuesta, en cualquier momento, a cometer un traspié o que se le descubra algún antecedente, real o falso. Esto hace que figuras que suben rápidamente, bajen de la misma manera. Entonces, ¿cuál es la promesa? Bueno, no hay figuras mesiánicas, salvadores por encima de las instituciones, y eso es bueno. Kast puede liderar las encuestas hoy, pero no es un caudillo popular. Va a hablar a una universidad y tiene que escapar de un linchamiento. Por eso la promesa debe estar en tener buenas instituciones. Tienen un poder frío, desapasionado, pero producen mejores resultados colectivos. Es preferible tener un líder, digamos, un poco aburrido, poco twittero, quizás con poca verborragia, pero que haga buenas políticas públicas, a tener líderes que puedan encaramarse en la cima con propuestas porque proponen proyectos de ley ‘sexys’ que terminan produciendo políticas de mala calidad”.

-En la Revista Universitaria de la UC sostuvo que las ilusiones cohesionan a una sociedad y que, a la inversa, las desilusiones la fracturan. ¿Qué desilusiones pudieron haber fracturado a la sociedad chilena con el estallido?
“Muchas veces se ve al estallido social como el resultado del descontento, del abuso, etc. Pero más allá de sus causas, tuvo un efecto de movilizar ilusiones. ¿Cómo explicar estos resultados de encuestas donde se le pregunta a los chilenos y chilenas cómo están los demás y dicen ‘mal’, pero si les preguntan cómo estás tú dicen ‘bien’? Mucha gente, probablemente, cuando vio que había otras personas protestando empezaron a hacerse ciertas preguntas que los llevaron a desarrollar emociones de indignación, de rabia, pero también de ilusión. Fue un cóctel, una batería moral que combina emociones negativas y positivas que mueven a actuar. El estallido mismo, por su propia dinámica, produjo espacios en que personas de distintas clases sociales se juntaron y reconocieron y se cerraron en torno a solidaridades, algunas efímeras. Incluso en la primera línea uno veía, a partir de evidencias anecdóticas, a jóvenes de sectores populares “combatiendo” junto a jóvenes universitarios, de sectores acomodados”.

«Una cosa es un estallido social en el marco de una ideología de izquierda, clara, articulada, donde uno sabe quiénes son los referentes. Y otra cosa es un estallido donde no hay un referente político o intelectual claro, ni siquiera interlocutores» -Nicolás Somma, académico del Instituto de Sociología.

“Son ilusiones bastantes difusas, sin un marco ideológico claro. Pues una cosa es un estallido social en el marco de una ideología de izquierda, clara, articulada, por ejemplo, marxista, cubana o soviética, donde uno sabe quiénes son los referentes y los libros que hay que leer. Y otra cosa es un estallido donde no hay un referente político o intelectual claro, ni siquiera interlocutores. Puede haber cierta sensibilidad con demandas de la izquierda, pero mucha gente que protestó sin embargo no se identifica con la izquierda, o puede pasar de preferir a Boric hoy y a Kast mañana. Recordemos que en Chile las identificaciones con etiquetas políticas bajaron muchísimo. Entonces, ¿cómo hace uno para canalizar esas ilusiones políticas? Es súper difícil. Esas ilusiones están un poco descentralizadas, son un poco ambiguas, y es difícil ponerle etiquetas, palabras, rostros. Y también está el gran riesgo de que el Chile posterior al estallido, con su desenlace político constitucional, no cumpla las expectativas de quienes participaron del estallido mismo. Ahí hay tres posibilidades: se aprueba una Constitución que honra demandas compartidas y cohesiona la sociedad; se aprueba una Constitución que no lo hace y termina siendo a medias tintas (quizás con un nuevo estallido en cinco o 10 años); o tres, la Constitución no se aprueba y seguimos con la del ’80. La segunda y tercera alternativa, las más infelices, no las descartaría para nada”.

-¿Pudo observar protestas in situ durante estallido?
“Bastante poco. Observé mucho más por la televisión y redes sociales”.

-¿Y qué pensó mientras estuvo ahí?
“Como a cualquier persona que le toca vivir un momento así, sentí cosas muy intensas. Mucha incertidumbre. Por momentos, sentimientos de que la escalada de violencia tanto de los manifestantes como de la policía podía terminar en un colapso del sistema político. Por otro lado, también tuve la sensación de estar en un momento histórico. Creo que todos sentimos que ahí había un antes y un después, quizás un momento similar a la significación histórica subjetiva que pudo haber tenido el plebiscito del ’88 en Chile. Y también una curiosidad académica sobre lo que iba a salir de todo esto. Me pregunté: ¿será realmente esto el inicio de un modelo distinto de desarrollo?, ¿del modelo de incorporación política de la gente? Y empecé a conversar con amigos y colegas, y a decir ‘tenemos que hacer algo para entender esto’. Pero tenía la intuición, en todo caso, que acá no había un modelo que se derrumbaba estrepitosamente, porque no había un actor que tomara el poder por la fuerza para producir una revolución desde arriba como decía Gramsci. Las sociedades por lo general cambian gradualmente, no se derrumban salvo casos excepcionales de colapsos ecológicos o genocidios. Después de la revolución francesa vinieron imperios y monarquías, no democracia de masas. En las burocracias agrarias puede aparecer un Lenin, un Mao, pero en las democracias capitalistas hiper-conectadas e hiper-globalizadas como Chile, eso es muy raro”.

-¿Qué le motivó a estudiar manifestaciones sociales?
“Hace mucho tiempo, en Uruguay, hice un magíster en Sociología que era sobre estado de bienestar en mi país. Pero me interesó mucho ver cómo algunos cambios, o reformas en políticas sociales, eran resultado de movimientos sociales, de jubilados, estudiantes, de trabajadores. Después, cuando fui a hacer el doctorado a EE.UU., el primer semestre había un curso de movimientos sociales y dudé sobre si tomarlo o no. Pero lo tomé y me gustó mucho. Ahora bien, siempre fue un tema que he abordado desde el ámbito más académico que desde el ámbito activista. Hay mucha gente que lo estudia como activista, y tengo simpatías hacia muchas formas de activismo, pero no soy para nada un activista. Eso por un lado es un problema, porque no tengo el grado de familiaridad que tiene alguien que participa de un movimiento. Pero por otro, tiene la ventaja que me permite ver, con algo de distancia, ciertas cosas que para un activista son obvias e indiscutibles”.

Revise a continuación el webinar de Nicolás Somma, «Poder en tiempos convulsionados. Estallido social, pandemia y cambio constitucional en Chile» de 2020:

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