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Columnas de opinión

febrero 2, 2017

La desigualdad frente al voto en Chile: ¿un nuevo sufragio censitario?

Por Emmanuelle Barozet

Publicado en  Desigualdad

Luego de décadas de avances en los derechos sociales y políticos en América Latina, una nueva preocupación se cierne sobre nuestros sistemas políticos desiguales: el retorno del sufragio censitario. No se trata de la democracia censitaria como cuando el sufragio se limitaba a los ciudadanos con ingresos altos, sino de la pérdida de interés de las personas por ejercer su derecho a voto y la consecuente restricción de la participación electoral. Este retraimiento desequilibra el supuesto fundamental de la igualdad ante el sufragio, además de socavar la totalidad del edificio político. Para el caso de Chile, la abstención está llegando a un punto sin precedentes, con una caída abrupta en los últimos años, que deja fuera del ejercicio político más elemental a casi dos tercios de la población.

En el siglo XIX, el sufragio censitario distinguía las personas con capacidades económicas y prestigio social. Las personas sin fortuna ni ingresos suficientes, los analfabetas, las mujeres, quedaban fuera de la capacidad de ejercer sufragio o de ser elegidos. Quien votaba entonces no lo hacía como el ejercicio de un derecho, sino como una función para asegurar la buena marcha del país de parte de – supuestamente – los más preparados y responsables. Hacia finales del siglo XIX, y reconociendo cada vez más el voto como la columna vertebral del ejercicio democrático, los sistemas electorales se ampliaron, abrogando las limitaciones de ingreso, otorgando en el caso de Chile el voto femenino en 1949, a lo no videntes en 1969, a los analfabetos en 1970 y el mismo año se rebajó la edad de votar a las personas de 18 años. La constitución actual reconoce el derecho a voto de los extranjeros y recientemente, se amplió la votación a los chilenos residentes en el extranjero.

Luego de la dictadura (1973-1990), se instauró un sistema electoral basado en el sufragio universal, con inscripción voluntaria y voto obligatorio. Hoy en día, según datos del IDEA Internacional, de 199 países con elecciones, sólo 26 – de los cuales 12 en América Latina – contemplan voto obligatorio y el resto, 173 voto voluntario. Ello permitió, para el plebiscito de 1988 que derrocó a Pinochet, que los años de democracia empiecen con una participación electoral récord del 94,7%. Sin embargo, más de veinte años después, en 2012, Chile adoptó la inscripción automática y el voto voluntario, como una forma de modernizar un padrón electoral envejecido y apático. En las elecciones siguientes, la participación bajó a un nivel histórico, a tal punto que en las últimas elecciones municipales del 2016 alcanzó un 35,7%. ¿Qué pasó?

Las razones de este fenómeno en un país como Chile son varias. El cambio de sistema electoral, pensado como una medida para dar un nuevo aliento a la alicaída participación, tuvo un efecto adverso. Según la OECD, en las últimas décadas, la participación electoral ha bajado a nivel internacional, aunque se ha mantenido en países como Suecia, Dinamarca y Suiza e incluso aumentó como en México o Bélgica. En América Latina, a cambio, ha crecido desde el inicio de los años 1990 de un 63,3% al 70,8% en 2016, con disminuciones sólo en Costa Rica y Chile. El caso de Chile es entonces alarmante y contra la tendencia continental, con una baja abrupta de la participación electoral en el mismo período.

Los escándalos político financieros que han marcado la actualidad política desde 2015 han tenido un fuerte impacto en la intención de ir a votar. Varias encuesta de opinión han señalado el doble efecto de la falta de interés por los temas públicos y el rechazo a la clase política. La ausencia de renovación del establishment, salvo en algunos casos, también es otro factor explicativo. Pero no todo es malas noticias. Si bien una gran cantidad de personas no fue a votar con el nuevo sistema, el promedio de edad bajó y cerca del 30% del padrón se renovó (Cox, González, 2016). Más societalmente, el aumento de la calidad de vida es también un factor que explica el repliegue hacia los espacios privados, como lo señala el filósofo canadiense Will Kymlicka. El hogar, donde existe mucha diversión tecnológica, espacios afectivos y de desarrollo personal, compite en la atareada agenda del individuo del siglo XXI, por sobre los asuntos públicos.

Muchos señalan también que la baja de la participación electoral es señal de que incluso el voto, como forma de participación tradicional, sería cada vez más obsoleto, frente al aumento de otras formas de participación como por ejemplo las protestas callejeras o el activismo digital. Sin embargo, ha sido ampliamente demostrado que estas formas de acción colectiva e individual no dan a todos el mismo peso en las decisiones; muchas veces, al presionar por demandas particulares, se alejan de la construcción del bien común. Cabe recordar también que existe optimismo respecto del potencial de nuevas herramientas de participación digital, pero no para países donde la población no tiene un acceso amplio a una educación general y cívica de buena calidad y que cuenta además con una alta brecha digital.

Pudimos observar en terreno las consecuencias de esta reducción de la participación electoral en las últimas elecciones del año 2016. Si bien no existe evidencia concluyente en Chile de que las personas con mayores ingresos voten más (Bucarey et al., 2013; Corvalán et al., 2012; Contreras et al., 2015), observamos cómo los partidos políticos concentran sus esfuerzos en los pocos electores que ya tienen cautivos, sea los sectores acomodados de forma programática, o a los sectores populares, mediante relaciones clientelares. Por ejemplo, numerosos actores políticos, de todos los partidos, han señalado que les da mejores resultados concentrarse en los pocos centenares o miles de electores, según el tamaño de la comuna, para asegurar su elección. Hacia los sectores populares, esto implica reforzar lazos clientelares, particularmente con las personas mayores y usar muy activamente la vieja práctica del acarreo, pulida y mejorada desde el siglo XIX. Se refuerzan así dos ofertas electorales: programas para los más acomodados y cosismo para los más dependientes del aparato público. Y fuera de ello, una gran masa caracterizada por su falta de interés, estableciendo pesos muy distintos de los individuos frente a la alicaída igualdad política. En 2017 veremos en las elecciones parlamentarias – quizá de intendentes – y presidenciales hasta dónde llega la falta de participación y el retraimiento de las masas. Ya tuvimos presidentes elegidos con minorías y en general no han sido buenas noticias.

Referencias

http://www.idea.int/data-tools/data/voter-turnout

  • Bucarey, A., Engel, E y Jorquera, M. (2013), “Determinantes de la Participación Electoral en Chile”, Documento de Trabajo.
  • Contreras, G. Joignant, A., Morales, M. (2015), « The return of censitary suffrage? The effects of automatic voter registration and voluntary voting in Chile”, Democratization.
  • Corvalán, A., Cox, P. (2012), “Crisis de la representación en Chile”, Mensaje, marzo-abril 2012.
  • Cox, L. González, R. (2016), “Cambios en la participación electoral tras la inscripción automática y el voto voluntario”, CEP, Santiago.
  • Proyecto Fondecyt regular 1160984 ¿”Malas prácticas” o “aceitar la máquina”? Las instituciones informales en tiempos de cambios políticos y su impacto en la democracia chilena (2016-2019); Emmanuelle Barozet, investigadora responsable; co-investigadores: Vicente Espinoza (Universidad de Santiago), Kirsten Sehnbruch (Universidad Diego Portales), Peter Siavelis (Wake Forrest University).